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Por: P. Javier Olivera Ravasi

 

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Cada cierto tiempo, diversos medios de comunicación ayudan a resurgir la falacia de antaño según la cual, la Iglesia ha estado de acuerdo en tiempos pasados, con la esclavitud:

 

- “La Iglesia hace algunos siglos aceptaba pacíficamente la esclavitud y cambió de idea porque hubo una evolución en la doctrina y eso sigue pasando (…). Si repetimos lo que dijimos siempre, la Iglesia no crece” [1].

 

- “La Iglesia… convivió durante siglos con el escándalo de la esclavitud sin advertir su sustancial incoherencia” [2].

 

- “Así como la Iglesia cambió de doctrina sobre la esclavitud, así también deberá hacerlo ahora con los homosexuales” [3].

 

Las acusaciones, valga aclararlo, son por completo infundadas; veamos algunos botones de muestra [4] sabiendo que el tema da para muchísimo más [5].

 

 I.-

 

 El texto paulino que sirve como capitel completo dice: “En Cristo… ya no hay judío ni griego, ni libre ni esclavo, ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús (Gálatas, 3, 27/28). 

 

El mismo San Pablo explica su posición respecto a la esclavitud, en un texto explícito, la epístola a su amigo Filemón, con motivo de la liberación del esclavo Onésimo, convertido al cristianismo cuando ambos compartían la prisión,:  aunque por causas diversas: el apóstol por su fe y el esclavo por hurto en perjuicio de Filemón. 

 

San Pablo remite el esclavo al amo, pero lo hace portador de la carta en la cual dice a Filemón: “aunque tendría plena libertad en Cristo para ordenarte lo que es justo, prefiero apelar a tu caridad… te suplico por mi hijo a quien entre cadenas engendré, por Onésimo…que te remito… Tal vez se te apartó por un momento, para que siempre le tuvieras, no ya como siervo sino como hermano amado, muy amado para mí, pero mucho más para ti, según la ley humana y según el Señor… acógele como a mí mismo. Si en algo te ofendió o algo te debe, ponlo en mi cuenta, yo Pablo, te lo pagaré” (10/19). 

 

Como comentan Eloíno Nácar Fuster y Alberto Colunga O. P., esta epístola “tiene especial interés por referirse al grave problema de la esclavitud. La vida económica y social antigua se apoyaba en la servidumbre… San Pablo exhorta a los siervos a obedecer a sus amos y a éstos a tratarlos con caridad (Efesios, 6, 5/9). No se cree llamado a cambiar el estado de aquellos infelices sino predicando a todos que son libres en Cristo, iguales ante el Padre Celestial y hermanos en Jesucristo, (I Corintios, 7, 21/23). 

 

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San Pablo es un gran apóstol. Saca el tema de la esclavitud del ámbito jurídico y lo coloca en la órbita de la caridad. No lanza contra la esclavitud un grito estéril sino que erosiona sus fundamentos. Como señala el destacado teólogo protestante Emil Brunner, “la institución de la esclavitud se disuelve desde dentro hacia afuera, y se sustituye por el orden de la comunidad de amor, sin la interferencia del orden mundanal… los cristianos tenían algo mucho más importante que hacer que protestar contra algo que no podían modificar y que una lucha abierta contra esa injusticia en aquella situación no habría conseguido suprimirla, antes bien, por el contrario, habría provocado un aumento de dicha injusticia” (“La justicia”, Universidad Nacional Autónoma de México, ps. 134/135). Entonces, ¿dónde está la evolución de la doctrina?

 

II.- 

 

Señalemos algunos hitos en la historia de la Iglesia para defenderla.

 

Después de los tiempos apostólicos, la Patrística se ocupa del tema y así Lactancio afirma: “para nosotros no hay siervos sino que a éstos los consideramos y llamamos hermanos en el espíritu”; San Gregorio Nacianceno declara incompatible a la esclavitud con el cristianismo, el Papa Calixto, contra las leyes romanas, autoriza el matrimonio de libres con esclavos o libertos; San Ambrosio vende los vasos sagrados para liberar esclavos; San Clemente Romano exalta el ejemplo de los cristianos heroicos que se sometieron a esclavitud para liberar a otros cuya fe y costumbres estaban en peligro. 

 

Constantino prohíbe marcar en la cara a los esclavos, crucificarlos, declara culpable de homicidio al amo que mate a algún esclavo; Justiniano castiga el rapto de una mujer esclava con la misma pena que el de la libre, permite a los senadores esposar esclavas y prohíbe separar del suelo a los esclavos. 

 

Con todo esto, preguntamos a quienes afirman con ignorancia… ¿la Iglesia no tuvo nada que ver? 

 

En la Edad Media observamos una evolución saludable de la esclavitud que se transforma en servidumbre. San Gregorio Magno establece normas muy concretas sobre el buen tratamiento de los siervos. 

 

San Pedro Nolasco funda en 1218 la Orden de la Merced para rescatar a quienes eran cautivos o esclavos de los musulmanes, intercambiando los frailes muchas veces su propia vida por la de aquéllos; hoy la Orden mantiene su carisma ante nuevas realidades agraviantes de la dignidad humana que se presentan.  

 

En la Edad Moderna reaparece la esclavitud en el siglo XV con la trata de negros. La Iglesia interviene y en 1462 el Papa Pío II la califica como un “gran crimen”. Paulo III en 1537 excomulga a quienes redujesen a los indios a esclavitud. En 1608 llega a las Indias San Pedro Claver, apóstol cristiano entre los negros, quien bautizó, según su propia confesión, a 300.000 de ellos. Como escribe el padre Alonso de Sandoval: “Hay que ver la alegría que sienten después de haberse bautizado… No son bestias”.  

 

El Papa  Gregorio XVI en 1837 publica una encíclica exhortando a los obispos del Brasil a que utilicen todos los medios para acabar con una situación tan lamentable y anticristiana; fue poco eficaz, porque medio siglo después, el 5 de mayo de 1888 León XIII se queja de la situación en su Epístola a los obispos del Brasil sobre la esclavitud. 

 

¿Dónde está entonces “la aceptación pacífica de la Iglesia?” ¿Dónde está “la convivencia de siglos” con el escándalo de la esclavitud?

 

Que no te la cuenten…

 

P. Javier Olivera Ravasi, IVE

 

NOTAS

 

[1] Palabras de Mons. Víctor Manuel Fernández, rector de la Universidad Católica Argentina Santa María de los Buenos Aires (Diario La Nación, 9/10/2014:http://www.lanacion.com.ar/1734012-si-repetimos-lo-que-dijimos-siempre-la-iglesia-no-crece). 

[2] José María Poirier, director de la revista “Criterio”, en artículo titulado “Un encuentro abierto a temas complejos” (cfr. La Nación, 19/10/2014:http://www.lanacion.com.ar/1736784-un-encuentro-abierto-a-temas-complejos).

[3] Palabras de Mons. John Ha Tiong Hock, cardenal y presidente de la Conferencia Episcopal de Malasia, Singapur y Brunei, en el Sínodo. (Sandro Magister, 22/10/2014, www.chiesa. expressonline.it).

[4] Puede el tema con mayor profundidad en la Enciclopedia Católica (http://ec.aciprensa.com/wiki/Esclavitud_y_cristianismo).

[5] Resumimos y extractamos aquí los argumentos de la “Declaración del Instituto de Filosofía Práctica” de Buenos Aires, del 27/10/2014, firmada por los Dres. Bernardino Montejano y Enrique Roulet. 

 

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Por: Mons. Francisco Javier Stegmeier

 

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Hermanos en Jesucristo:

 

El 21 de enero de 2021 el Papa Francisco reconoció como venerable a Jérôme Lejeune por “haber vivido las virtudes de manera heroica”. En el actual debate acerca de ampliar el crimen abominable del aborto (ver Concilio Vaticano II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, 51) este gran científico y padre de la genética moderna ilumina desde la ciencia la verdad del embrión y del feto humanos.

 

Jérôme Lejeune nació el 13 de junio de 1926 en Francia. Siendo un joven científico descubre la primera anomalía cromosómica: el síndrome de Down. Este solo hecho le habría valido recibir el premio Nobel.

 

Pero, como dijo un luterano, el científico Pierre Chaunu cuando supo de su muerte, “más impresionantes y más honrosos aún que los títulos que recibió son aquellos de los que fue privado en castigo a su rechazo de los horrores contemporáneos. No podía soportar la matanza de los inocentes. El aborto le causaba horror. Creía, antes incluso de tener la prueba irrefutable, que un embrión humano es ya un hombre, y que su eliminación es un homicidio; que esta libertad que se toma el fuerte sobre el débil amenaza la supervivencia de la especie y, lo que es más grave aún, de su alma. Era un sabio inmenso, más aún un médico, un médico cristiano y un santo”.

 

La legalización del homicidio del aborto solo puede ser defendida a base de mentiras y engaños, falsificando encuestas y recurriendo a espurios estudios científicos.

 

Es aberrante afirmar que quien ha sido engendrado en el vientre de la madre no es niño ni niña, no es hijo ni hija, no es guagua ni es persona humana. Hemos escuchado decir recientemente que solo se comienza a ser persona en el momento de nacer. La consecuencia de esta afirmación es obvia: lo que se quiere es legalizar el aborto libre, sin causales, hasta los nueve meses de gestación.

 

Cualquier madre y padre sabe que esto no es así. La madre sabe que quien crece en ella es alguien, es su hijo. Basta con ingresar a internet y ver la imagen de un niño en gestación para darse cuenta de que se está ante una persona.

 

Cuando se escucha a los promotores del aborto, es casi imposible no pensar en estas palabras de Jesús: “Ustedes son de su padre el diablo y quieren cumplir los deseos de su padre. Este era homicida desde el principio, y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8,44).

 

Jérôme Lejeune no recibió el premio Nobel ni los honores del mundo, pero a cambio de su fidelidad a la verdad y a la fe recibió lo único que vale realmente la pena: el premio de la vida eterna.

 

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San Agustín, uno de los grandes Padres de la Iglesia, nos da la respuesta: "Usemos con ellos de una gran caridad, de una abundante misericordia, rogando a Dios por ellos".

 

Los de fuera, lo quieran o no, son hermanos nuestros 

 

De los Comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos

(Salmo 32, 29: CCL 38, 272-273)

 

Hermanos, os exhortamos vivamente a que tengáis caridad, no sólo para con vosotros mismos, sino también para con los de fuera, ya se trate de los paganos, que todavía no creen en Cristo, ya de los que están separados de nosotros, que reconocen a Cristo como cabeza, igual que nosotros, pero están divididos de su cuerpo.

Deploremos, hermanos, su suerte, sabiendo que se trata de nuestros hermanos. Lo quieran o no, son hermanos nuestros. Dejarían de serlo si dejaran de decir: Padre nuestro.

 

Dijo de algunos el profeta: A los que os dicen: «No sois hermanos nuestros», decidles: «Sois hermanos nuestros.»

 

(…)

Leed los escritos del Apóstol y veréis que cuando dice «hermanos» sin más, se refiere únicamente a los cristianos: Y tú, ¿cómo juzgas a tu hermano?, o ¿por qué desprecias a tu hermano? Y dice también en otro lugar: Vosotros hacéis injusticias y despojáis, y esto con hermanos.

 

Esos, pues, que dicen: «No sois hermanos nuestros», nos llaman paganos. Por esto quieren bautizarnos de nuevo, pues dicen que nosotros no tenemos lo que ellos dan. Por esto es lógico su error, al negar que nosotros somos sus hermanos. Mas, ¿por qué nos dijo el profeta: Decidles: «Sois hermanos nuestros», sino porque admitimos como bueno su bautismo y por esto no lo repetimos? Ellos, al no admitir nuestro bautismo, niegan que seamos hermanos suyos; en cambio nosotros, que no repetimos su bautismo, porque lo reconocemos igual al nuestro, les decimos: Sois hermanos nuestros.

 

Si ellos nos dicen: «¿Por qué nos buscáis, para qué nos queréis?», les respondemos: Sois hermanos nuestros. Si dicen: «Apartaos de nosotros, no tenemos nada que ver con vosotros», nosotros sí que tenemos que ver con ellos: si reconocemos al mismo Cristo, debemos estar unidos en un mismo cuerpo y bajo una misma cabeza.

 

Os conjuramos, pues, hermanos, por las entrañas de caridad, con cuya leche nos nutrimos, con cuyo pan nos fortalecemos, os conjuramos por Cristo nuestro Señor, por su mansedumbre, a que usemos con ellos de una gran caridad, de una abundante misericordia, rogando a Dios por ellos, para que les dé finalmente un recto sentir, para que reflexionen y se den cuenta que no tienen en absoluto nada que decir contra la verdad; lo único que les queda es la enfermedad de su animosidad, enfermedad tanto más débil cuanto más fuerte se cree.

 

Oremos por los débiles, por los que juzgan según la carne, por los que obran de un modo puramente humano, que son, sin embargo, hermanos nuestros, pues celebran los mismos sacramentos que nosotros, aunque no con nosotros, que responden un mismo Amén que nosotros, aunque no con nosotros; prodigad ante Dios por ellos lo más entrañable de vuestra caridad.

 

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Por: José Ignacio Munilla Aguirre

 

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El gran logro del Diseño Inteligente ha sido el de resistirse ante uno de los mitos de nuestro tiempo: la teoría darwinista. La casualidad no existe. La casualidad es el nombre que damos a nuestra ignorancia, lo que existe es "causalidad

 

La reciente sentencia de un juez de Pensilvania en la que prohibía enseñar a los alumnos de biología de un determinado instituto la teoría del “Diseño Inteligente” como una alternativa a la teoría de la evolución de Darwin, es ocasión para que muchos se hayan asomado a un debate que desconocían. ¿Qué es eso del “Diseño Inteligente”?

 

No entro a valorar en este artículo la citada sentencia; entre otras cosas, porque desde la distancia desconocemos muchos detalles importantes, tales como los argumentos concretos con los que se ha presentado al juez la teoría del “Diseño Inteligente”. De hecho, no pocas veces el Diseño Inteligente ha sido manipulado en EEUU por determinadas sectas fundamentalistas, quienes pretenden encontrar en él apoyo a su lectura literalista de los pasajes bíblicos de la creación del mundo. Todo ello es motivo de que la teoría del “Diseño Inteligente” haya sido presentada en muchos medios con unos tintes “religioso-creacionistas-fundamentalistas” abiertamente impopulares, que no hacen justicia a la verdad.

 

Centrando el debate en sus justos términos, el “Diseño Inteligente” no opone la evolución a la creación, ni mucho menos la religión a la ciencia; sino que en todo caso enfrenta la casualidad (el azar) a la causalidad (la finalidad). Me explicaré brevemente:

 

La visión creacionista religiosa es perfectamente compatible con la evolución del cosmos. Por una parte, es claro que la nada no puede evolucionar. Para que exista evolución se ha de partir de la existencia de un algo previo al punto cero del Bing-bang. Por lo tanto, el acto creador de Dios es compatible con la posterior evolución de la materia. De hecho, en el lenguaje simbólico del libro del Génesis, llama la atención que la creación no sea descrita como un hecho acabado en un solo acto de Dios; sino que, más bien, se describe como un proceso creacional descrito alegóricamente en el marco de una semana, y cuya culminación es la creación del ser humano.

 

¿Cabe tomar como científica la explicación darwinista de la evolución de las especies? Recordemos que esta teoría explicaba la evolución como mero fruto de mutaciones genéticas fortuitas, consolidadas por la selección natural que elige aquellos cambios beneficiosos para la supervivencia del organismo. Los defensores del Diseño Inteligente se atreven a afirmar que ese principio darwinista tiene mucho más de postulado ideológico que de teoría científica. ¿Cabe recurrir a la casualidad cuando nos enfrentamos a una extraordinaria complejidad en los distintos organismos de la naturaleza? Michael Denton, conocido biólogo molecular, señala que la complejidad de la ordenación de los aminoácidos en una macro proteína es tan abrumadora, que la probabilidad de su formación por puro azar, es prácticamente nula. Sería tanto como pensar que la voluminosa novela de El Quijote de Cervantes haya sido escrita, con puntos y comas, por una combinación casual de letras, sin necesidad de que una inteligencia humana haya intervenido para redactarla. ¿Habría alguien capaz de creer tal cosa? Sin embargo, el cálculo de probabilidades de que una casualidad así llegara a producirse, es mínimo en comparación con el que se necesitaría para que este mundo hubiese sido producto de una evolución ciega. Tengamos en cuenta que se calcula que el Bing-Bang pudo tener lugar hace 15.000 millones de años; y que, por lo tanto, el número de oportunidades de alcanzar el orden actual no puede ser infinito.

 

Uno de los principales difusores del Diseño Inteligente ha sido el bioquímico y profesor de la Universidad de Lehigh, Michael Behe, quien a mediados de los noventa escribió un libro de divulgación científica, con gran éxito editorial, titulado "La caja negra de Darwin". En su libro pone el ejemplo de una tradicional ratonera para explicar lo que él califica como “complejidad irreductible”, que no es otra cosa que una unidad funcional que depende de la acción integrada de todos sus componentes, y que por lo tanto, no es explicable por la mera evolución gradual.  Todas las piezas de la ratonera están perfectamente conjuntadas para su función: el muelle, el resorte, etc... Si falta algo o no tiene el tamaño requerido, la trampa no funciona; mejor dicho, la trampa no es tal. Pues bien, Behe da un paso más: la bioquímica actual nos ha permitido llegar hasta los “ladrillos” con los que están formados todos los seres vivos. Conocemos los "mecanismos" mediante los cuales dichas "piezas" se relacionan entre sí sosteniendo las distintas funciones que nos presenta nuestra experiencia ordinaria. Se trata de los aminoácidos, con los cuales se forman las proteínas, que pueden alcanzar un grado de complejidad asombroso. Behe pone ejemplos: Es imposible que la coagulación de la sangre, el sistema de transporte de proteínas, etc, hayan llegado a alcanzar esas funciones tan precisas por mutaciones casuales graduales, ya que cualquier estadio previo en la evolución de esos organismos, no hubiese tenido esa funcionalidad, y por lo tanto, la selección natural lo hubiese eliminado antes de alcanzar esa complejidad. Esos complejísimos organismos, al igual que la simple ratonera, responden a un diseño inteligente. Y es aquí cuando Behe nos recuerda una afirmación de Darwin que muchos teníamos olvidada: "Si se pudiera demostrar la existencia de cualquier órgano complejo que no se pudo haber formado mediante numerosas y leves modificaciones sucesivas, mi teoría se desmoronaría por completo".

 

Los defensores del Diseño Inteligente no presuponen quién es el actor, ni cuándo, ni cómo ejerció su actividad creativa. Como científicos no pueden ni deben salirse de su terreno. Su posición es muy matizada, ya que el hecho de afirmar la existencia del diseño tampoco les impide aceptar la evolución e incluso, en una cierta medida, la posibilidad de que haya una selección natural de las especies según las reglas de Darwin, que pudiera explicar los cambios dentro del mismo genotipo (sería una ‘micro evolución’). Pero, rechazan la explicación darwiniana para dar razón de la evolución de especie a especie (llamada ‘macro evolución’). Cabe añadir que la Teoría del Diseño Inteligente está más madurada a la hora de desmontar los puntos débiles del darwinismo que a la hora de explicar en positivo cómo actúa ese proyecto inteligente en la naturaleza. Posiblemente, aquí la filosofía y la teología tienen mucho que decir en la explicación de la causa primera, que actúa a través de y por encima de las causas segundas, sin anularlas...Pero no es momento de extendernos en este artículo sobre esta cuestión.

 

En cualquier caso, el gran logro del Diseño Inteligente ha sido el de resistirse ante uno de los mitos de nuestro tiempo: la teoría darwinista. La casualidad no existe. La casualidad es el nombre que damos a nuestra ignorancia. Más que casualidad, lo que existe es “causalidad”. El revuelo en torno a la sentencia judicial de Pensilvania no es más que un intento de sofocar la rebelión iniciada contra uno de los mitos contemporáneos. Cayó el mito de la profecía marxista, está herido de muerte el de la psicología freudiana, la crisis actual de natalidad reduce a mero alarmismo el mito malthusiano, ahora le toca el turno a Darwin... ¿Es esto irracional? ¿O no será irracional, más bien, el llamar azar a nuestra ignorancia?

 

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Por: Salvador Hernández

 

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“¿Has leído alguna vez la Biblia?” me preguntó. “Alguna vez…”, respondí y me dio una larga explicación sobre el Agamenón, sobre el fin del mundo…y que sólo me salvaría si seguí las enseñanzas de los setenta ancianos que guían a los auténticos Testigos de Jehová. Yo le oía pensando ¿este hombre fue alguna vez católico, ¿conocía entonces la Biblia en la misma cantidad, al menos que en su actual secta? Pero hay más.

¿Cómo es posible sacar a la Biblia tantas conclusiones erróneas como las que este señor me dio en tan solo 10 minutos? ¿Qué fuerza recibe de la palabra de Dios, aunque sea mal interpretada, que le hace predicarla en cualquier oportunidad?

 

La Biblia es un regalo de Dios para mejorar nos como Cristianos pero podemos utilizarla mal. Necesitamos leer la Biblia e interpretarla correctamente para conocer mejor lo que Dios piensa sobre nosotros, sobre nuestras vidas y sobre Él mismo.

Los siguientes boletines presentarán algunas bases necesarias para leer la Biblia desde la distancia correcta. Porque es un libro muy distante a nosotros: en el tiempo, en la cultura, en la mentalidad, en los avances o retrocesos científicos, etc.

Un completo estudio Bíblico debe hacerse desde estos cuatro aspectos:

1. Aspecto histórico: conocer la vida que rodeo la vida del escritor bíblico para comprender por qué escribió esas palabras y el verdadero sentido de sus enseñanzas.

2. Aspecto literario: conocer el estilo en que escribía cada autor, para no cambiarle es estilo a sus escritos.

3. Aspectos teológicos: conocer los mensajes de la Biblia con claridad y precisión. Es decir, conocer los principios y las normas fijas que Dios nos quiere enseñar con sus palabras, aunque las aplicaciones sean variadas según el pasar de los tiempos.

4. Aspecto espiritual: conocer lo que Dios propone personalmente a cada uno de nosotros para ser mejores cristianos. Es quizá el aspecto que más nos interesa a cada uno. Pero necesitamos de aspectos anteriores porque si no tomamos en cuenta todos los aspectos acabaremos sacando conclusiones equivocadas.

Importancia de la Biblia en nuestras vidas

La lectura de la Sagrada Escritura nos pone en contacto con la auténtica palabra de Dios, como la lectura de la carta de un amigo, nos pone a platicar con nuestro amigo. Para que nuestra lectura de la Biblia sea verdadera plática y conversación provechosa con Dios, debemos entrar en diálogo con Él, antes que buscar la simple instrucción y el estudio estéril. Cuando escuches la voz de Dios, no te endurezcas ni le cierres las puertas de tu corazón.

Dios nos ha hablado

Es importante observar cómo en las religiones fundadas por los hombres, son el intento del hombre para llegar a Dios. En las religiones bíblicas como la judía y la cristiana, el proceso es a la inversión porque es Dios quien toma la iniciativa de venir y hablar al hombre. Es Dios quien sale al encuentro del hombre para conversar con él. Y lo consigue “en los libros sagrados el padre que está en los cielos sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos” (CIC N. 104).

Revelación, historia de la salvación y la Biblia

Podemos preguntarnos cuánto se interesa Dios por nosotros. A veces, le sentimos muy cerca. Otras nos parece un ser lejano, casi extraño. Pero Dios quiere entrar en contacto con los hombres. Porque ama infinitamente a todos y a cada uno de los seres humanos. Por eso, toda la iniciativa del diálogo. Y habla en lugares y momentos concretos. Habla en la historia con palabras y con acciones. Habla para salvarnos. Por eso llamamos historia de la salvación al conjunto de las acciones que Dios hace en la vida de los humanos.

Dios nos manifiesta como es Él, cómo somos nosotros y cuál es su plan para toda la humanidad. Es lo que llamamos revelación. Y se realiza valiéndose de los diversos mediadores humanos, en un proceso lento y gradual, con acciones y palabras que se explican y complementan mutuamente.

La Biblia, pues, es el conjunto de los libros que relatan los incidentes de la historia y el progreso de la manifestación de Dios a los hombres. Está dividida en dos grandes bloques: Antiguo y Nuevo Testamento, cada uno con sus características propias.

Inicio de la revelación

La fe nos enseña que Dios se manifestó desde el antiguo testamento. Su finalidad fue preparar la venida de Jesucristo, salvador de toda la humanidad. Esta preparación Dios la llevó a cabo de muchas maneras junto con su pueblo elegido. Así, personas, alianzas, profecías, nacimientos o muertes, forman parte de una revelación que se realiza poco a poco. Dios se va expresando de una manera pedagógica para que aún el más simple pueda comprender. Sus libros conservan un valor permanente por ser inspirados. Sus enseñanzas no pueden ser revocadas aunque contengan elementos imperfectos y pasajeros, porque son verdadera palabra de Dios (CIC. Nos. 121 y 122).

La revelación de Dios en el Nuevo Testamento

Podemos preguntarnos ahora: ¿Qué lugar ocupa Jesucristo en esta revelación de Dios a los hombres? Jesús es la palabra de Dios hecha carne (Jn 1, 14). Él vino a dar plenitud y cumplimiento y hacer más comprensible cuanto había sido revelado en el Antiguo Testamento. Dios no dice muchas cosas. Dios dice sólo un apalabra: su verbo único, en Él dice toda su plenitud (CIC. N. 102).

El Nuevo Testamento es, “la plenitud de los tiempos” (Gál 4,4; Lc 16,16). Da cumplimiento a todas las esperanzas sembradas durante todo el Antiguo. Y así constituye la nueva y definitiva alianza que nunca cesará (CIC 124). Por eso, no hay que esperar ya ninguna otra revelación de Dios por supuesto nuevos y falsos testigos, hasta la gloriosa manifestación del mismo Jesucristo al final de los tiempos. (1 Tim 6, 14; Tt 2, 13).

Dios nos sigue hablando hoy

También podemos preguntarnos si Dios se ha olvidado de nosotros y ha callado. La respuesta a esta interrogante está en considerar que la palabra de Dios es algo vivo y cercano. Que nos sigue interpelando a cada uno de nosotros: Lo hace básicamente de dos modos:

1. Con las palabras: Dios se revela primeramente por palabras. Y sus palabras están escritas en la biblia. Ahí se contiene la palabra viva de Dios que ha resonado a lo largo de los siglos (Hb 4, 12-13). A través de esta palabra Dios habla sin interrupción con la Iglesia. De forma que, cuando en la Iglesia se lee la Sagrada Escritura, es Dios mismo que nos habla.

 

2. En los acontecimientos: No es completa la lectura de la Biblia si no perdura el diálogo recíproco que en el transcurso de los tiempos se debe establecer entre el Evangelio y nuestra vida concreta, tanto personal como social.

Actitudes ante la palabra de Dios

Es legítimo leer la Biblia buscando sus bellezas literarias o culturales. Pero nosotros debemos preocuparnos principalmente del mensaje religioso. Porque este libro se hizo con espíritu religioso. El conocimiento de la palabra de Dios, sea escrita o narrada en acontecimientos, nunca debe dejarnos neutrales o indiferentes. Nos pide la obediencia de la fe en cada paso y momento de nuestra vida. Así se convierte en fuente de salvación para nosotros (Rm1,5; 16,26). Porque estos son los planes de Dios. Y más si tenemos en cuenta que nosotros somos actores de los hechos de la historia de la salvación en cierto sentido.

 

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