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padre luis toro

 

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Mons. Johan Bonny es, por decisión de Benedicto XVI, obispo de Amberes (Bélgica). Y ha escrito una carta en la que se sitúa del lado de las tesis heterodoxas del cardenal Kasper. En su carta se lee en una misma frase una gran verdad y una invitación a vivir en pecado:

Las personas que están divorciadas y vueltas a casar también necesitan la eucaristía para crecer en unión con Cristo y con la comunidad de la Iglesia

 

Gran verdad. Todos necesitamos la eucaristía para crecer en unión con Cristo y con la Iglesia.

y para asumir su responsabilidad como cristianos en su nueva situación.

Gran mentira. Su responsabilidad como cristianos es vivir en santidad. Es decir, alejados del pecado. Y tal hecho es incompatible con la condición de adúlteros.

 

Sí, adúlteros. Se da la circunstancia, ignorada al parecer por ese obispo y me temo que incluso por muchos de los defensores de la imposibilidad de que se dé la comunión a esos fieles, que nuestro Señor Jesucristo definió como adúlteros a quienes se divorcian y se vuelven a casar. A ver si vamos a caer en la misma trampa que los proabortistas nos quieren colar, al no hablar casi nunca del término aborto, al que llaman interrupción voluntaria del embarazo. Ocurre igual con términos como "pecado mortal", que ha desaparecido para pasar a llamarse "situación irregular", pecado "grave" o similares. Si se quita lo de mortal, queda más políticamente correcto.

 

Es decir, el evangelio no dice esto:

Cualquiera que repudia a su mujer y se casa con otra, se convierte en un divorciado vuelto a casar. Y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, se convierte en una divorciada vuelta a casar.

 

Más bien dice esto otro:

Cualquiera que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra ella; y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.
(Marc 10,11-12)

 

Tampoco dice:

Y yo os digo que cualquiera que repudia a su mujer, salvo por causa de fornicación, y se casa con otra, se convierte en un divorciado vuelto a casar; y el que se casa con la repudiada, se convierte en un casado con una mujer divorciada.

Sino:

Y yo os digo que cualquiera que repudia a su mujer, salvo por causa de fornicación, y se casa con otra, adultera; y el que se casa con la repudiada, adultera.
(Mat 19,9)

 

Bien, una vez que tenemos definida, en palabras de Cristo, la condición de ese tipo de fieles, que mantienen mientras sigan haciendo vida marital con sus segundas, terceras, cuartas o vigésimo quintas parejas -¿por qué limitarnos a solo un divorcio?- toca vez cuál es el peligro real al que se enfrentan. Que no es ciertamente la imposibilidad de no comulgar. Es este:

 

¿No sabéis que los injustos no poseerán el reino de Dios? No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni... poseerán el reino de Dios.
(1ª Cor 6,9-10)

 

Y este:

El matrimonio sea tenido por todos en honor; el lecho conyugal sea sin mancha, porque Dios ha de juzgar a los fornicarios y a los adúlteros.
(Heb 13,4)

 

¿De verdad el obispo de Amberes piensa que alguien que vive en adulterio se va a salvar si no se arrepiente de su pecado, lo que incluye el propósito firme de dejar de vivir de esa manera? ¿Quizás cree el obispo que tiene autoridad de Dios para absolver a quien no se arrepiente? ¿Quizás cree que la Confesión es un sacramento que hace las veces de solafideísmo luterano, por el que Dios santifica al fiel sin transformarle en verdaderamente santo, de forma que pase a obrar, por pura gracia, conforme a la voluntad divina?

 

¿Se ha leído el obispo de Amberes el canon XI sobre la Eucaristía de Trento?

CAN. XI. Si alguno dijere, que sola la fe es preparación suficiente para recibir el sacramento de la santísima Eucaristía; sea excomulgado. Y para que no se reciba indignamente tan grande Sacramento, y por consecuencia cause muerte y condenación; establece y declara el mismo santo Concilio, que los que se sienten gravados con conciencia de pecado mortal, por contritos que se crean, deben para recibirlo, anticipar necesariamente la confesión sacramental, habiendo confesor. Y si alguno presumiere enseñar, predicar o afirmar con pertinacia lo contrario, o también defenderlo en disputas públicas, quede por el mismo caso excomulgado.

Los fieles no tenemos autoridad para excomulgar al obispo de Amberes, pero lo que él pide encaja como guante en mano a lo que dicho concilio anatematiza.

 

Trento también enseña:

CAN. VII. Si alguno dijere, que la Iglesia yerra cuando ha enseñado y enseña, según la doctrina del Evangelio y de los Apóstoles, que no se puede disolver el vínculo del Matrimonio por el adulterio de uno de los dos consortes; y cuando enseña que ninguno de los dos, ni aun el inocente que no dio motivo al adulterio, puede contraer otro Matrimonio viviendo el otro consorte; y que cae en fornicación el que se casare con otra dejada la primera por adúltera, o la que, dejando al adúltero, se casare con otro; sea excomulgado.
(Cánones sobre el sacramento del Matrimonio)

 

Y sobre la contrición como requisito para recibir la absolución sacramental:

La Contrición, que tiene el primer lugar entre los actos del penitente ya mencionado, es un intenso dolor y detestación del pecado cometido, con propósito de no pecar en adelante. En todos tiempos ha sido necesario este movimiento de Contrición, para alcanzar el perdón de los pecados; y en el hombre que ha delinquido después del Bautismo, lo va últimamente preparando hasta lograr la remisión de sus culpas, si se agrega a la Contrición la confianza en la divina misericordia, y el propósito de hacer cuantas cosas se requieren para recibir bien este Sacramento. Declara, pues, el santo Concilio, que esta Contrición incluye no sólo la separación del pecado, y el propósito y principio efectivo de una vida nueva, sino también el aborrecimiento de la antigua, según aquellas palabras de la Escritura: Echad de vosotros todas vuestras iniquidades con las que habéis prevaricado; y formaos un corazón nuevo, y un espíritu nuevo.

 

Si el obispo de Amberes no acepta eso, es que profesa una fe diferente a la de los cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos y seglares que sí queremos ser fieles a Cristo y a la enseñanza dogmática de su Iglesia.

Y si hay más obispos -sean de la diócesis que sea- como el de Amberes, que incluso aunque el resto de obispos se mantengan firmes en su fidelidad a Cristo, se empeñen en mantenerse en el error, a lo que nos enfrentamos tiene un nombre: cisma. Porque como se encargó de decir el papa Francisco a los obispos españoles, ni siquiera un Papa puede cambiar eso.

Luis Fernando Pèrez Bustamante

 

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