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Introducción
La
fe Cristiana no se manifestó al mundo para instalarse cómodamente transformándolo,
como por arte de magia, en un suave manto pleno de simplicidad y paz. Muy por el
contrario lo hizo incomodándolo, revelando su carácter laberíntico y
contradictorio, con sus claroscuros, cumbres y abismos. En ese ámbito,
‘rebelde a Dios', se desarrolló la Fe Cristiana, sin confundirse ‘con'
el mundo, pero convirtiéndose por obra de su fundador N.S. Jesucristo, en el
punto de encuentro entre Dios y el Hombre, entre el Creador y la criatura.
A
lo largo de los más de dos mil años de la progresiva vida de la Iglesia de
Cristo, innumerables fueron las tensiones y desafíos que debió padecer (y
que aún padecerá), motivadas por las diversas desviaciones de las enseñanzas
dejadas por el Divino Maestro, sin lugar a dudas promovidas por ‘el
padre de la mentira' y sus lacayos.
Aquellos que persiguen la destrucción del cristianismo (y cuyas
asechanzas continuarán hasta el final de los tiempos), siempre inician su labor
por el mismo lugar, cual es, pervirtiendo la conciencia de los hombres y llevándolos
a desconocer el principio de ‘autoridad', principio del que la Iglesia está
legítimamente revestida.
En esa encrucijada de la historia es cuando surgen las herejías, las
pasadas y las presentes, como fiel producto ‘del
mundo'. Al encontrarse su espíritu marcado por aquella ‘rebeldía a
Dios', puede afirmarse que su exteriorización no es sino una reacción
pesimista y desesperanzada, un contra-mensaje al revelado por Cristo, reacción
que a veces se ha manifestado con
rostro brutal e inhumano y otras con apariencia benévola y humana.
En general, y dada sus fallas de origen, las herejías históricas
inevitablemente han desaparecido,
perdiéndose en el baúl de la historia. Sin embargo, sus ideas no siempre
corrieron la misma suerte siendo estas, una y otra vez, retomadas por quienes
quizás consideraron valederas tales especulaciones, pero que en realidad
estaban imbuidos (o mejor, tentados) por aquél espíritu de ‘rebeldía', y
que a nuestro entender, no hizo (y hace) mas que demostrar palmariamente, cuan
hay de cierto en aquello de las perniciosas consecuencias que ha impreso en el
corazón del hombre su primer acto de rebeldía, el primordial pecado de Adán.
Es
por ello que la Iglesia, como indiscutible depositaria de la Verdad Revelada,
tuvo que salir al encuentro de una amenaza que muchas veces, por su magnitud y
beligerancia, hizo que muchos cristianos creyeran estar viviendo el final de los
tiempos anunciados en las Sagradas Escrituras.
Tal réplica no sólo permitió liquidarlas al arrancarlas de raíz, sino
que -y he aquí la trascendencia de las herejías- provocó la construcción
de ese noble y monumental obra que constituyó la definición dogmática de las
Verdades depositadas a su cuidado, y cuya formulación permitió la consolidación
de un sistema, de un todo al que llamamos Cristianismo.
En otras palabras, con la debida asistencia del Espíritu Santo, la
Iglesia pudo construir el necesario cimiento en el que los cristianos lograron
depositar y velar por la ortodoxia
de aquellas Verdades y sin el cual, como ha acontecido a lo largo de la
historia, fácil e inexorablemente el Hombre hubiera caído en el absurdo, en el
desatino propio a la que está condenada toda especulación meramente humana
(dada su inclinación a la infidelidad o mejor aún a la ‘rebeldía'), y que
por ello se encuentra fatalmente condenada a no penetrar en lo propio de Dios.
Mucho mejor lo expresa el cardenal Ratzinger cuando afirma: "Voy a hacer una observación. Quien estudió en los tratados de
teología (.....), verá un cementerio de tumbas de herejías en las que la
teología muestra los trofeos de las victorias ganadas. Tal visión no
presenta las cosas como son, ya que todos esos intentos que se han ido
excluyendo a lo largo de la historia, como aporías o herejías, no son simples
monumentos sepulcrales de la vana búsqueda humana; no son tumbas a las que en
visión retrospectiva con cierta curiosidad, inútil, al fin; cada herejía es más
bien la clave de una verdad que permanece y que nosotros podemos ahora juntarle
a otras expresiones también válidas; en cambio, si las separamos, nos formamos
una idea falsa. Con otras palabras: esas expresiones no son monumentos
sepulcrales, sino piedras de catedral; serán útiles sino permanecen sueltas,
si alguien las integra en el edificio; lo mismo pasa con las formulas positivas:
sólo son válidas sin son conscientes de su insuficiencia. El jansenista,
Saint-Cyran, pronunció una vez estas hermosas palabras: "La fe esta
constituida por una serie de contrarios unidos por la Gracia" (cfme.
Introducción al Cristianismo, pág. 142 y ss., Ed. Planeta-DeAgostini, Madrid,
1995).
Como
ya lo hemos dicho, en la misma medida que la Iglesia -bajo la guía del Espíritu
Santo (Jn. 16,12-13)- fue profundizando su comprensión de las enseñanzas
contenidas en las Sagradas Escrituras, surgieron aquellos que desconocieron su
autoridad, arrogándose -ilegítimamente- tales facultades interpretativas.
Así, y en salvaguarda del rebaño de Cristo, la Iglesia supo reaccionar (a
veces intempestivamente, por cierto) convocando Concilios, no sólo para
condenar una determinada doctrina herética sino para definir ‘solemnemente'
la ‘sana' doctrina y que constituye el fundamento de la profesión de Fe de
los Cristianos.
A
pesar de ello, nadie puede negar el largo y trágico proceso de descristianización
o de neo-paganización de los pueblos, proceso cuyo inicio algunos estudiosos lo
hacen retrotraer a los albores del siglo XVI. Cualquiera sea la fecha de su
origen, lo cierto es que la presencia de aquél es perceptible en el ambiente en
el que desarrollamos nuestra vida, ambiente dominado por un ordenamiento de tipo
iconoclasta o descreído, donde es moneda corriente la promoción, bien
organizada, de toda forma de vida caracterizada por la ambición y la
concupiscencia, lo cual no hace sino profundizar en el hombre su ceguera y
furia, su ‘rebeldía a Dios'.
Justo en este período de nuestra historia se ha puesto en boga los
cuestionamientos ‘progresistas' (de afuera y de adentro) por el accionar de
la Iglesia en su itinerario histórico, acusándola (la mayoría de las veces
sin mayor profundidad) de haber violentado la originaria libertad del hombre.
Evidentemente estos críticos no se han percatado (o no quieren hacerlo) de la
violencia que ejercieron aquellos que se levantaron, con sus doctrinas y
acciones, contra la misma condición humana, creada por Dios, y que la Iglesia
tuvo (y tiene) la misión de
salvaguardar.
En ese marco, y sin pretender negar los abusos que sí existieron,
siguiendo a Belloc y Chesterton, nos preguntamos: ¿cuáles hubieran sido las
consecuencias para el hombre de haber prevalecido las herejías? ¿cuál sería
el mundo que nos hubiera tocado vivir?. Baste repasar las doctrinas arrianas,
las gnósticas o las albigenses, entre otras, para encontrar una contundente
respuesta.
El
Cristianismo o mejor, la Iglesia, a diferencia de las herejías, tuvo siempre la
misión de convocar a todos los hombres, sin distinción, ni excepción, a ser
participes en la historia de la salvación. Así lo enseña el Apóstol de los
gentiles, San Pablo, cuando afirma: "Todos,
pues, sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Porque cuantos en Cristo
habéis sido bautizados, os habéis vestido de Cristo. No hay ya judío ni
griego, no hay siervo o libre, no hay varón o hembra, porque todos sois uno en
Cristo Jesús" (Galatas, 3, 26-28).
¿Qué equivalencia podemos encontrar en los catharos, maniqueos,
ebionitas, pelagianos, montanistas y tantos otros, donde hacían de la exclusión
una regla?. La realidad de los hechos nos muestran que las grandes y pequeñas
herejías cumplieron (y seguirán cumpliendo) una misión, y no solo un ciclo,
que permitió a la Iglesia llegar a comprender con mayor profundidad las divinas
enseñanzas dejadas a su cuidado por N.S. Jesucristo, como así también re-descubrir
su propia misión, cual es la de la
llevar dicho mensaje de salvación hasta en los más recónditos lugares donde
se encuentre el hombre, sujeto central de la acción redentora de Jesucristo. He
allí la cuestión fundamental y objeto central de oposición de los enemigos de
Dios.
Por último, una breve aclaración de conceptos. Es muy común comprobar
entre quienes no están muy familiarizados con estas cuestiones, el tener por
sinónimos dos términos bien diferentes, cuales son: Herejía y Cisma. Por
Herejía (del griego, háiresis), se entiende a ‘la
acción de todo aquel que habiendo recibido el bautismo cristiano,
obstinadamente pone en duda o propone doctrinas contrarias a la Verdad
revelada', es decir, un verdadero acto de voluntaria infidelidad (ver
2Pe 2,1)
En cambio, un cisma (del griego, sjisma)
implica un acto de separación o rebelión que desgarra la Unidad del rebaño de
Cristo (1 Cor 1,10; 11,18; 12,25). De allí que el cismático sea quien
origina el cisma como el que adhiere libremente, por convicción o de hecho. Así,
un cisma puede no estar motivada por una Herejía (vgr. Cisma de Oriente), en
cambio una Herejía, al cuestionar la ortodoxia dogmática, inevitablemente
conlleva un acto cismático. Dicho
esto, y sin pretender abarcarlas a todas, expondremos algunas de las principales
herejías que se han dado a lo largo de los siglos, muchas de las cuales
llegaron hacer conmover los cimientos mismos de la Iglesia de Cristo.
Aclaración:
En el presente trabajo se omite tratar el cisma de Oriente, la llamada Reforma
Protestante, el cisma Inglés y otros surgidos en ese período, como también
el reciente cisma de Mons. Lefébvre, atento que por la magnitud de las
consecuencias de tales acontecimientos merecen ser abordados particularmente
"Yo no miro con
aversión al hereje, sino a la herejía: al error es al que aborrezco y no al
hombre que yerra, supuesto que procuro sacarle de su error. No declaro yo la
guerra a la criatura, que es obra de Dios, sino que trabajo por sanar un alma
que el demonio ha corrompido"
(San Juan Crisóstomo)
Siglo
I
Ebionitas (o Nazorenos) -
secta de tendencia judaizante extendida en Palestina y Siria. Sus seguidores
fueron aquellos judíos que habían abrazado el Cristianismo pero quisieron
conservar muchas de las prácticas y tradiciones propias de la Sinagoga. Creían
que Dios había dividido el imperio de las cosas entre Jesucristo y el demonio,
concediéndole a éste último, poder sobre el mundo; en cambio a Cristo, le
correspondía el poder de la eternidad. Aferrados a un monoteísmo estricto o
unitario, sus seguidores promovieron la estricta observancia de la ley de
Moisés al considerarla indispensable para alcanzar la salvación. Al rechazar
las enseñanzas de San Pablo, no dudaron de acusarlo de ‘apostata'. Dada la
dificultad que encontraban en conciliar el unitarismo de Dios con la divinidad
de Cristo, optaron por negar esta última. En consecuencia lo imaginaron como un
hombre común, creado, hijo de José ( o de un soldado romano) y de María (de
quien la mayoría rechazaba su virginidad). Según los ebionistas, Cristo
alcanzó el carácter de Mesías o ‘Hijo de Dios' por sus virtudes
‘divinas' al habérsele unido un ser ‘celestial', pero negando que la fe
en Él pudiera traer aparejada la salvación.
Rechazaron los escritos del Nuevo Testamento, excepto el de
S. Mateo (pero sin el versículo 1,13 que hace referencia a la Virgen),
guiándose preferentemente por los apócrifos ‘Evangelio de los Hebreos' y
el ‘Evangelio de Pedro'. Por sus heterodoxas doctrinas fueron repudiados
tanto por el pueblo judío por ‘apóstatas', como por los cristianos por
‘herejes'. No llegaron hasta nuestros días escritos de los ebionitas por lo
que sus doctrinas fueron conocidas a través de las referencias que de ellos
hicieron tanto Orígenes como San Ireneo. Finalmente, la herejía ebionita
eclipsó en el curso del s. IV.
Nicolaítas - secta liderada -se cree- por Nicolás de Antioquía,
uno de los siete diáconos designados por los Apóstoles en Jerusalén (ver Hch.
6,5) conforme lo testimonia Tertuliano, entre otros, identificación que los
estudiosos han puesto en duda últimamente. Conocidos por sus costumbres
licenciosas -las que no consideraron impuras-, provocó, por parte de sus
contemporáneos, identificaran el término ‘nicolaíta' con toda perversión
moral y religiosa. Sus doctrinas relativas a la resurrección de la carne y al
bautismo reconocían una fuerte influencia del gnosticismo. Esta comunidad es
citada y condenada por el apóstol San Juan en el libro del Apocalipsis 2:6,15 y
24. Finalmente, los nicolaítas fueron absorbidos por las diversas corrientes gnósticas
que surgieron durante el siglo II.
Docetismo
- se
conoce bajo este nombre a la herejía cristológica de origen gnóstico, que creía
ver en la humanidad de Cristo sólo
como una apariencia (del griego dókesis).
Afirmaron que Aquél no había recibido de María nada corpóreo ya que el Mesías
había asumido sólo lo que habría
de salvar y, la carne, por cierto, no podía ser salvada, lo que claramente
contradice las Sagradas Escrituras en: 1Jn 1,13-14;1Jn 4,2-3;2Jn 7. En síntesis,
rechazaron la encarnación de Dios y su sufrimiento, por entenderlo un
acontecimiento indigno y escandaloso, pensamiento que se encontraba en
consonancia con el paganismo vigente en aquella época, negadora de toda ‘íntima'
intervención divina en la historia del hombre, como lo describe S. Pablo en 1
Cor. 1,23-24.
Como puede
observarse, tales doctrinas tendían a comprometer la veracidad del nacimiento,
pasión y muerte de Cristo, como así también el valor real de su acción
Redentora. Tertuliano y San Ireneo combatieron estas ideas defendiendo con
vehemencia la encarnación del Verbo. Finalmente, el docetismo desapareció en
el s. III.
Siglo
II
Gnosticísmo - conjunto
de doctrinas sincrético-religiosas, que adoptó enseñanzas de origen
iranianas, judeo-cristianas, caldeas, babilonicas, egipcias e hindúes. Sus
principales promotores entre los cristianos fueron Simón el Mago, Cerinto, Carpócrates,
Valentino, Satrunino y Basílides, entre muchos otros. Puede reconocerse en la
mayoría de los autores gnósticos el haber abrevado tanto en el pensamiento
griego, principalmente en las ideas de Plotino, como de parte de aquella teología
mística y especulativa de la Sinagoga (Cábala) pervertida bajo la lamentable influencia de las doctrinas
panteístas babilónicas, iranianas y persas, como del sabeísmo (culto
a los astros) y otras tradiciones religiosas paganas durante los años del
obligado exilio (siglos VI a IV antes de Cristo), influjo que algunos estudiosos
remontan hasta el s. XVI a.C. durante el período del destierro en Egipto. Así,
la visión ‘racionalista' de los misterios divinos y su total rechazo al
recurso de la Fe, impidió a los gnósticos captarlos en su total dimensión y
profundidad pues para ellos, la Fe, debía ser reemplazada por los rudimentos de
la filosofía.
En
consecuencia, y ya que la Verdad podía ser alcanzada solo mediante el recurso
de la razón, los misterios de la Fe quedaron subordinadas a las doctrinas cuyo
origen reconocen sólo al hombre. Sin que sea posible, en esta breve síntesis,
efectuar una descripción única y total del gnosticismo, dada la multiplicidad
de las facetas dadas por sus propugnadores, si puede intentarse una relativa
caracterización, teniendo en cuenta algunos puntos en común.
En ese marco, el gnosticismo sostuvo la existencia de un conocimiento
particular o especial, superior a la Fe, cuya consecución permitía alcanzar o
asegurar la salvación del alma. Dicho ‘conocimiento'
venía legado por un Revelador Celeste a unos pocos elegidos (o iniciados) el
que (como dijimos) constituía el fundamento y garantía de la futura salvación.
En consecuencia, el recurso a la Fe quedaba totalmente mitigado como así también
la trascendencia de las buenas obras.
Otro
elemento determinante del gnosticismo fue su concepción ontológica
caracterizada por el dualismo. Si bien creían que el origen de todas las cosas
(buenas y malas, espirituales y materiales) provenían de un único
super-principio (monismo ontológico), el
Pléroma (lo Absoluto identificado con la Nada), recurrieron al dualismo
para resolver el problema del Mal. Así, Dios era un ser ‘puro y espiritual'
que se encontraba fuera del mundo, sin contacto real con él, motivo por el cual
rechazaron su naturaleza creadora. Tal actividad era concedida a un espíritu
intermedio (Demiurgo), autor del mundo sensible y material, al que identificaban
con el principio del Mal. Sin embargo, la concepción gnóstica del mal era una
realidad positiva (en abierta contradicción con la concepción cristiana para
la considera negativa), atento que el mismo -al igual que el bien-
provenía de un principio común, lo Absoluto (el Pléroma), donde ambos
libraban un combate eterno. De allí se explica el desdén o desprecio que los
gnósticos tenían por la noción de pecado. Por otro lado,
creían que entre Dios y el mundo material existía una serie de seres
espirituales llamados ‘Eones', cuya procedencia se originaba en una
emanación de Dios. Su carácter lo imprimía el grado de cercanía que
tenían con el Absoluto. En consecuencia, los más cercanos eran más perfectos
que las más lejanas.
La
particular visión del mundo material, provocó entre los gnósticos un total
rechazo a todos los Sacramentos, especialmente en el de la Eucaristía.
Jesucristo era entendido como la encarnación de un ser espiritual (o Eón) por
Dios. Entendían que para lograr un conocimiento pleno de sus enseñanzas no
bastaba con recurrir a las contenidas en las Sagradas Escrituras, sino que debía
recurrirse al ‘conocimiento gnóstico'. Creían que Yahveh era un ser
espiritual superior pero de naturaleza caída, el Demiurgo, creador del mundo y
de la carne, que había logrado ser adorado por éstos como Dios. A su vez, la
redención era equiparada a un mero acto de iluminación (gnosis), mediante el
cual el hombre podía liberarse de la prisión que representaba la materia para
poder regresar al mundo celestial o espiritual.
Este
concluyente rechazo de la materia los llevó inevitablemente a rechazar la
realidad de la resurrección de la carne. Varió dentro de las corrientes gnósticas
la necesidad del seguimiento de normas ascéticas, por lo que algunas las
consideraron indispensables (vgr. Saturnino) y otras no (vgr. Basílides).
Algunos llegaron a considerar legítimo renegar de la Fe (en época de
persecuciones) para evitar el martirio, entendiendo que la adquisición de un
‘conocimiento liberador' era una forma más elevada de martirio. Sus prosélitos
o seguidores, eran clasificados en tres tipos: 1) los ílicos o materiales, para
los que no había salvación posible; 2) los psíquicos, quienes se salvarían
con la ayuda de Cristo y, 3) los gnósticos (o perfectos) quienes ya tenían la
salvación asegurada. Creían que el mundo material sería definitivamente
destruido cuando el Demiurgo (o Yahveh) fuera sometido por Dios, restaurándose
así todas las cosas.
Como se ha
dicho anteriormente, el gnosticismo estuvo conformado por diversas tendencias,
muchas de ellas divergentes entre sí, por ello y de manera sintética exponemos
a continuación las más importantes:
1)
Valentin, se cree de origen judío o egipcio, fue quizás el mas
importante representante del gnosticismo. Proponía que en Cristo se encontraba
absorbido el Jesús de los Evangelios, y su misión redentora quedaba rebajada a
la de un simple mediador más entre Dios y el Hombre. Por su parte, el hombre
tenía la misión de liberarse de la materia ya que ésta tenía por fundamento
un principio inferior y de naturaleza malvada. Su visión cosmológica estuvo
representada por un mundo espiritual (pléroma), dirigido por un Dios invisible
acompañado por 30 eónes superiores. En cambio el mundo material, fue creado
por el Demiurgo, quien a su vez creó el Hombre. Sin que aquél supiera, el
Hombre había recibido un elemento pneumático que le permite, a su muerte,
regresar al mundo espiritual. Creía que el mal es una falsa dirección del
bien, atento que surge de la oposición entre el deseo de los eons de unirse al
gran abismo (Pléroma) y la impotencia para lograrlo. Enseñaba que el orden
actual de las cosas cesaría cuando se realice en la tierra la total redención.
Ello provocaría el retorno de todos los seres a su condición primitiva (en el
Pléroma), siendo finalmente destruida la materia y con ello, el mal.
2)
Saturnino, quien vivió en Antioquia en tiempos del emperador Adriano y
predicó en Siria, tuvo en sus doctrinas un fuerte sesgo ascético, al punto de
rechazar el matrimonio por considerarlo un acto de naturaleza malvada. Creía
que Dios había creado a los ángeles y éstos encabezados por el ángel Yavé,
crearon al mundo material y al hombre. Este, sin embargo, poseía una porción o
chispa de divinidad que le permitía elevarse al mundo espiritual. Afirmaba que
Cristo fue enviado por Dios para redimir al hombre del yugo de Yavé.
3)
Basílides, de origen egipcio, difundió sus ideas principalmente en
Alejandría. Representó la rama gnóstica que ensalzó el acto mismo del
‘conocimiento gnóstico' en desmedro de la moralidad de las acciones, al
igual que Carpócrates, aunque éste último llevó al extremo tal idea.
Afirmaba que en Cristo, primer eón, fue enviado por Dios para liberar al mundo
de la esclavitud de Yavé (Demiurgo). Sostenía que Cristo, como ser espiritual
increado, no pudo sufrir la pasión, tomando su lugar Simón de Cirene.
4)
Bardésanes, sirio, predicó sus doctrinas en Alejandría. En general,
continuó el pensamiento de Valentín pero acompañó su prédica con populares
himnos litúrgicos. Suponía la eternidad de los principios del bien y del mal.
Afirmaba que las emanaciones espirituales del mal al enamorarse de la Luz (el
bien) buscaban elevarse al Pléroma (Absoluto), el que estaba constituido por
365 inteligencias denominadas Abraxas.
5)
Ofitas, grupo gnóstico que imaginó la expulsión de Adán y Eva del
Paraíso junto con la serpiente (tentadora), cuyos descendientes tenían por
misión continuar tentando el género humano.
6)
Simón, el Mago. Este singular personaje de origen judío o samaritano
--citado en los Hechos a los Apóstoles 12, 9 y ss- y que tuvo en Meandro su
principal discípulo, creía en la existencia de una primera Potencia Divina,
Infinita y Principio de Todo. Ese Primer Dios, identificado consigo mismo,
denominándolo Simón, había engendrado a Sophía y a través de ella, engendró
el Cosmos, el universo todo. Pero Sophía cayó en las redes de las fuerzas
inferiores, o sea, la materia. Simón (la Potencia divina) vino al mundo a
rescatarla y a iniciar la redención universal. De allí, que Simón fuera
adorado por sus seguidores como Zeus y su compañera, la esclava tiria Helena,
quien representaba la encarnación del primer pensamiento traído a la
existencia por Dios, era adorada como Atenas.
7)
Cerinto, afirmaba -según decía por revelación angélica- que el
mundo no era obra de Dios sino de un poder distinto, el demiurgo. Enseñaba que
Cristo no había nacido de la Virgen María ni padeció en la cruz, sino que lo
hizo Jesús, hijo natural de María, en quien Cristo había morado luego del
bautismo, para luego abandonarlo en las horas previas a la pasión. Su
particular visión milenarista, le hizo sostener que llegaría tiempos en los
que se instalaría un reino terrenal de mil años, en el que Jerusalén sería
su centro, y durante el cual los hombres podrían satisfacer todos sus apetitos
carnales.
Cabe
resaltar que la herejía gnóstica fue especialmente combatida, entre otros, por
San Ireneo, Orígenes Tertuliano y San Hipólito romano. Por último, el gnosticísmo
clásico si bien ha decaído hasta prácticamente desaparecer, muchas de sus
enseñanzas han ido mutando con el correr de los siglos, siendo la llamada
‘New Age' una de sus principales difusoras en la actualidad. En cambio, los
restos de antigua Iglesia Gnóstica aún subsiste en pequeñas comunidades de la
Mesopotamia septentrional.
Monarquianismo
adopcionista (o
dinamista) - Teodoto de Bizancio fue el principal
propulsor de esta herejía de corte cristológico. Influido por diversas
corrientes ebionitas y gnósticas, sostuvo que Cristo era sólo un hombre común
(o un ángel según corrientes adopcionistas más antiguas), nacido
sobrenaturalmente de la Virgen María por obra del Espíritu Santo. Creía que
su condición divina la recibió al ser ‘adoptado'
como Hijo de Dios durante el bautismo en el río Jordán (según otros
adopcionistas ello habría ocurrido después de su resurrección). En
consecuencia, el Logos (o Verbo) era sólo una fuerza de energía divina que
entró temporalmente en Cristo para poder éste ejercer su misión mesiánica.
A pesar de que Teodoto fue excomulgado
por el papa San Victor I (192-201), consiguió formar en Roma una comunidad de
seguidores quienes, con el fin de defender sus doctrinas, no solo recurrieron a
las Sagradas Escrituras sino al pensamiento de diversos filósofos como Aristóteles,
Platón y Euclides. Otros importantes representantes de la herejía adopcionista
fueron Teodoto el Joven, quien afirmaba que Melquisedec era una especie de
intermediario entre Dios y los ángeles, y principalmente, Pablo de Samosata,
obispo de Antioquía (260-268) y el
obispo de Sirmio, Flotino (excomulgado en el año 351). En sus predicaciones
Pablo comenzó a negar la doctrina trinitaria como la divinidad de Cristo, ante
lo cual en el año 264 se convocó a un sínodo con la finalidad de exigirle una
retractación de sus opiniones. La actitud dubitativa por él demostrada motivó
que en un nuevo sínodo (268) se decidiera excomulgarlo y deponerlo del cargo
eclesiástico que ostentaba.
En el curso
de la historia, y antes de la aparición de Teodoto de Bizancio como de Pablo de
Samosata, hubo una versión más antigua y mitigada del adopcionismo, que lo
encontramos entre los años 140-150 en el pensamiento de Hermas (se cree de
origen judío), hermano del por entonces papa S. Pio I (142-157) y
autor del famosísimo "El Pastor'. Según aquél, Cristo es el siervo
escogido (adoptado) por Dios, en quien
habita el Espíritu Santo (al que no concibe como persona sino como una potencia
divina) y participa de sus privilegios con motivo de su fidelidad.
Por útlimo,
en el curso del siglo VIII reapareció el adopcionismo reformulado por el obispo
de Urgel, Félix y por Elipando de Toledo. La herejía fue condenada
solemnemente durante el segundo Concilio Ecuménico de Nicea (787) y luego por
el papa Adriano I en el año 794.
Montanismo (del griego enkrateia = abstinencia, templanza) - herejía
de tendencias milenaristas y místicas, suscitada por Montano, natural de Frigia
(Asia menor). Anunció el próximo advenimiento de Cristo, el descenso de la
Santa Jerusalén y la instauración del reino milenario profetizado en el libro
del Apocalípsis. Junto a sus discipulas, Prisca (o Priscila) y Maximila, predicó
una rigurosa moral, prohibiendo las segundas nupcias, el placer, los adornos las
artes y la filosofía. Promovió el ayuno periódico como así también el
testimonio a través del martirio. Montano creía que por inspiración divina
todo hombre estaba en condiciones de ser ‘profeta', condición que él mismo
creía tener. Una de sus doctrinas más controvertidas fue el rechazo de toda
posibilidad de perdón y restablecimiento de la comunión con la Iglesia de todo
aquél bautizado que hubiera cometido actos impuros. El montanismo se extendió
principalmente en Asia menor donde se constituyó en una iglesia organizada. El
gran apologeta latino, Quinto Septimio Florente Tertuliano, natural de Cartago,
cayó en el error montanista en el año 207, perdurando en él hasta el final de
sus días. El montanismo fue particularmente combatido por Apolinar de Getápoli,
Milcíades, Apolonio y Gayo. Durante el s. III prácticamente se extinguió,
quedando pequeños vestigios en oriente.
Encratismo - herejía
promovida por el doceta Julio Cassiano, autor de la obra ‘Según la Continencia', y por su discípulo Taciano, siendo
este su innegable organizador. Orientados por el principio gnóstico que tiene a
la materia identificada con el mal (dualismo gnóstico), y en la creencia de que
había que luchar denodadamente contra ella, profesaron un riguroso ascetismo
prohibiendo tanto la consumición de vino (celebraban la eucaristía con agua) y
de carne, como así también la ostentación de riqueza. Tildaron la práctica
matrimonial como una exaltación de la materia y por ende del mal. Se
cree que los apócrifos Hechos de San Pablo, San Juan y San Pedro fueron escritos por
seguidores del encratismo.
Las
diversas posturas que surgieron de su seno originaron un sin fin de nuevas
sectas, entre las cuales corresponde destacar a la de los Severianos,
liderados por un tal Severo, quienes influenciados por las secta de los
ebionitas, rechazaron todas las epístolas de San Pablo como los Hechos de los
Apóstoles. También encontramos a los Continentes
muy influenciados por los maniqueos; los Apotácticos
(o renunciadores) quienes se caracterizaban por llevar una vida fuertemente ascética
al punto de renunciar a todo placer temporal; los Acuarianos o hidropasianos, cuyo nombre deriva de su práctica de
celebrar la Eucaristía sólo con agua, y por último, los Sacóforos, los que se distinguían por la vestimenta que
utilizaban. Sus principales
adversarios fueron hombres de la talla de Tertuliano, Epifanio, San Hipólito
romano, San Ireneo, Orígenes y Clemente de Alejandría. Durante el s. IV, el
asceta capadocio, Eustaquio de Sabaste, dio un nuevo impulso al encratismo, el
que fue condenado en el año 390 por el papa san Siricio (385-398) durante el sínodo
llevado a cabo en Sido de Panfilia, para luego desaparecer.
Marcionismo
- herejía de origen gnóstico, difundida por
Marción, natural de Sínope (hoy Turquía). Llegado a Roma (139) decidió
fundar su propia Iglesia al ser expulsado de la comunidad cristiana a la que
concurría en al año 144. Anteriormente ya había sido excomulgado por su
padre, quien se cree era obispo de
Sínope. Marción, en sus enseñanzas, diferenciaba el Dios revelado en el Nuevo
Testamento del Dios del Antiguo Testamento, siendo el primero misericordioso y
benévolo a diferencia del Dios de Israel al que entendía como el de justicia,
señor del mundo en el que había impuesto la ley y el temor. Consideraba al
cristianismo como la sustitución del judaísmo y no como su cumplimento.
Estableció el primer canon conocido
del Nuevo Testamento, del que aceptaba como canónicos sólo al Evangelio de
Lucas y las diez Espístolas de San Pablo, rechazando el resto como todo el
Antiguo Testamento. Negó que Cristo hubiera nacido de la Virgen María según
la carne, como así también negaba su muerte real en la cruz al carecer Aquél
de un cuerpo real (sólo era aparente). Practicante de un ascetismo riguroso,
prohibió el vino, la carne y el matrimonio. Combatieron esta herejía San
Ireneo, Tertuliano, San Justino, Melitón de Sardes y Teófilo de Antioquía. Un
discípulo de Marción, Apeles, dio un nuevo impulso a sus doctrinas, pero
modificándolas en algunos aspectos. Rechazó el principio dualista del gnosticísmo,
afirmando que la creación había sido obra de un ángel caído y no del
Demiurgo (a quien identificaba con el Dios del A.T.). Creyó en la preexistencia
de las almas, considerando que las mismas habían sido encerradas en un cuerpo
al ser arrojadas al mundo material, salvo en el caso de Cristo que por su
condición celestial no fue éste el que estuvo en el mundo terrenal sino su
apariencia. Definitivamente, el marcionismo se extinguió en el s. V.
Siglo
III
Maniqueísmo -conjunto de
doctrinas difundidas por Mani (Manes o Manijaios), natural Mardin, Mesopotamia
(216), quien nació en el seno de una noble familia persa aunque se cree de
origen judío. Según Manes, a la edad de 13 años fue testigo principal de una
visión del Espíritu Santo que le reveló una nueva doctrina. Mas allá de esta
fábula, en realidad si recibió de joven una fuerte influencia del gnosticismo,
del marcionismo como de las enseñanzas judeo-cristianas. Su intención original
fue la de crear una nueva religión de carácter ‘universal' que lograra
abarcar a todas las demás religiones. Así, para la formulación de sus exóticas
doctrinas se valió del cristianismo, del zoroastrismo y del budismo.
Luego
de fundar su propia iglesia, difundió sus doctrinas por la India, Egipto,
China, Mongolia, norte de Africa y aún España, siendo perseguido en Persia
donde terminó sus días decapitado en prisión (276). Sintéticamente, sus teorías
se centraban en la eterna lucha entre el bien y el mal, propio del dualismo gnóstico,
arguyendo la existencia de un principio de Luz y otro de las Tinieblas, ambos
increados, siendo éste último el
creador del mundo material. En contrapartida, de la Luz procedían las almas
humanas las que habían caído prisioneras al mundo material. Ambos principios
eran opuestos, pero entre ellos, el Bien y el Mal, no hay un abismo que los
separa sino que sus límites se tocan o rozan, sin confundirse. Es decir, donde
uno concluye comienza el otro.
Manes creía
que para alcanzar la salvación el hombre debía obtener una iluminación
especial, lo que podía obtenerse mediante el ejercicio de la limosna, la oración
y el ayuno, considerando tanto a Buda, Cristo y a Zoroastro como ‘profetas
superados'. Jesús tuvo la misión de comunicar esa ‘iluminación' y por
ende, era considerado ‘maestro y salvador', siendo Mani el enviado de Jesús,
su Apóstol por excelencia. La iglesia maniquea estuvo constituida por una
organización fuertemente jerárquica y la vida de sus seguidores se rigieron
por rigurosas reglas morales. Así, promovió Mani la abstención de las
relaciones sexuales, la consumición de carne y vino, prohibió el recurso a la
mentira y el perjurio, la blasfemia, la apostasía, el juramento como el de
participar en guerras. Sus seguidores se dividían en ‘élegidos', quienes
eran los que practicaban las creencias maniqueas y por ello tenían garantizado
su ingreso al ‘paraíso de luz'; y los ‘oyentes' quienes sólo
escuchaban sus prédicas y que por no practicar a conciencia la fe maniquea, a
su muerte debían transmigrar sus almas de cuerpo en cuerpo, hasta llegar al de
un elegido que lo llevaría a la salvación. En su culto, no se administraba
nada que se asemejara a los sacramentos (los que eran rechazados por Mani) salvo
una caricatura de lo que es la eucaristía, la que estaba reservada a unos pocos
elegidos. Actualmente subsisten algunas comunidades en oriente, siendo su fiesta
principal la que celebran durante los primeros meses de cada año, denominada
"Bema" y en el que se recuerda el supuesto martirio de su maestro, Mani.
Monarquianismo
modalista (o
patripasianismo) - La herejía modalista fue difundida
principalmente por Noeto de Esmirna, Epígono, Cleómenes, Praxeas y Sabelio.
Rechazaron éstos -aunque diferenciados por matices propios- el dogma
Trinitario, por considerar que la misma ponía en peligro la unidad de Dios. En
general, y para salvar tal dificultad, sostuvieron que Dios era una única
Persona Divina pero que actuaba de diversos ‘modos' o ‘funciones' para
hacerse conocer por el hombre y salvarlo. Noeto de Esmirna, quien predicó
principalmente por Asia Menor, acusó a la Iglesia de ‘dietismo', atento
entendía que ella defendía la existencia de una divinidad doble, la del Padre
y la del Hijo, lo que motivó que en el año 200 fuera excomulgado de la Iglesia
de Esmirna. Praxeas, solía ufanarse de haber confesado su fe en tiempos de
persecución. En el período en que residió en Cartago tuvo en Tertuliano un
implacable adversario, al punto tal que escribió contra Praxeas la notable obra
‘Adversus Praxeam'.
Como fruto de su sólida y
abrumadora argumentación, impulsó a Praxeas a retractarse. Dentro de esta
corriente, en el s. III surgieron dos nuevos líderes del modalismo, Cleómenes
y Sabelio de Ptolemaida. Sin duda alguna, sobresalió la figura de éste último
atento que fue quien renovó las ideas de sus antecesores. Influenciado por el
monoteísmo riguroso propugnado por los judíos, consideraba a Dios como una
sustancia individual y universal, eterna y espiritual (o mónada) que se
manifestaba en tres operaciones diversas: como Padre creó el mundo, como Hijo
fue su redentor y como Espíritu Santo obraba en su santificación. Sus ideas
hacían emanar de la unidad silenciosa, tranquila y absoluta de Dios, el alma de
Cristo, el Espíritu Santo y por último, el alma del hombre y de todo el
unvierso. Estas doctrinas alcanzaron un nivel tan inusitado de aceptación que
todo tipo de monarquianismo fue designada en adelante bajo el nombre de
‘sabelianismo'. Combatida la herejía por Tertuliano, Eusebio de Cesarea,
San Hipólito y San Hilario de Poitiers, el modalismo fue condenado por los
papas San Calixto ( (218-222), San Dionisio (259-268) y San Felipe I (269-274),
para luego languidecer en el s. V.
Subordinacionismo - conjunto
de opiniones teológicas de carácter heterodoxo elaboradas por diversos autores
cristianos que, con el fin de contrarrestar la herejía modalista, intentaron explicar y defender la doctrina trinitaria. En
general, es unánime la opinión de los estudiosos en el sentido de que el
subordinacionismo no constituyó una herejía propiamente dicha, puesto que si
bien contrariaba la ortodoxia de la doctrina, nunca pretendió -por parte de
sus propugnadores- constituirse en una doctrina oficial, sino un intento, una
mera opinión teológica que, al ser llamados sus autores por la Iglesia a
atenerse fielmente a las doctrinas ortodoxas, estos se sometieron a sus dictados
pacíficamente. Influenciados por la filosofía estoica, los subordinacionistas
cometían el error de destacar exageradamente la distinción existente entre el
Padre y el Hijo, al punto de llegar a subordinar -en mayor o menor medida- el
Hijo al Padre.
Así,
pensaban que en el Hijo de Dios operaban dos realidades diversas: una, la del Logos interior, esto es, la Palabra pensada, formulada mentalmente,
igual al Padre eterno; la otra, era la del Logos
exterior, o la Palabra pronunciada, pensada por el Padre como instrumento de
la creación que permite el contacto con el mundo fuera de Dios, y en tal carácter,
no era igual a Dios-Padre, ni eterno como El, puesto que la creación viene en
el tiempo, por lo que el Hijo de Dios (como la creación), en su carácter de Logos
exterior, no es sino fruto de una libre decisión de Dios. En consecuencia,
si Dios es quien determina crear al mundo, necesariamente el Hijo se encuentra
subordinado al Padre. Muchas ideas de los llamados Padres de la Iglesia fueron
influidas por estas opiniones, como fueron los casos de Justino, Hipólito, Orígenes
y Tertuliano.
Novacianismo
- se
conoce con este nombre al cisma llevado a cabo en el año 251 por el presbítero
romano, Novaciano. La disputa surgió cuando el papa san Cornelio (251-252)
dispuso el perdón y readmisión de aquellos que, durante las persecuciones, habían
apostatado o renegado (relapsos) de su Fe, en la medida que estuvieran
dispuestos a cumplir una penitencia. Novaciano se rebeló contra esta disposición
al considerar que aquellos no podían ser readmitidos, ya que la iglesia sólo
podía estar conformada por hombres ‘puros y santos'. Ello motivó que
fueran condenadas sus teorías en un sínodo llevado a cabo en el año 251. Ante
ello, Novaciano y sus seguidores desconocieron la autoridad del legítimo pontífice,
haciéndose designar en su lugar, ocupando Novaciano un triste lugar en la
historia de los anti-papas (251-268). La Iglesia novaciana se desarrollo
principalmente en oriente próximo, las que definitivamente desaparecieron en el
curso del s. VII.
Otro cisma,
de características similares a las del novacianismo, tuvo lugar en el seno de
la iglesia nor-africana. Esta fue encabezada por el presbítero Novato y su
bienhechor, Felicísimo. El por entonces, obispo de Cartago, Cipriano había
dispuesto normas similares a las promulgadas por el papa Cornelio respecto a la
admisión de apostatas y renegados. A diferencia de los novacianos, Novato y
Felicísimo rechazaron tal disposición reclamando la abolición de la necesidad
del cumplimiento de una penitencia. Para lograr sus objetivos, paradojalmente se
aliaron a los novacianos, pero poco tiempo después y sin haber conseguido mayores frutos, el movimiento se
disolvió.
Por último,
un nuevo cisma (bajo las mismas características del promovido por los
novacianos) se produjo a inicios del siglo IV, encabezado por el obispo de Licrópolis
(Tebaida), Melecio. A causa de las persecuciones ordenadas por el emperador
Diocleciano (243-313), el obispo de Alejandría, Pedro, no podía ejercer su
ministerio, por lo que Melecio decidió actuar en su lugar. Al aminorar el
hostigamiento de las autoridades, Pedro pudo volver a su sede (306) y entre sus
primeras decisiones fue la de resolver la situación de los apóstatas y
renegados (relapsos). Al adoptar medidas moderadas y conciliatorias para
resolver su situación, al igual que el papa Cornelio, Melecio decidió
repudiarlas provocando un cisma y creando una nueva iglesia a la que denominó ‘Iglesia
de los Mártires'. En el año 308, por su actitud de rebeldía, Melecio
fue condenado a trabajos forzados en el exilio.Al morir el obispo Pedro (+311),
decidió regresar para fallecer poco tiempo después. Con la aparición de la
herejía arriana y encontrándose muy menguadas las fuerzas de la comunidad
fundada por Melecio, decidieron unirse a aquella para luego desaparecer durante
el curso del s. VI.
Siglo
IV
Arrianismo - Resulta ésta una de las herejías más importantes
surgidas desde dentro del Cristianismo. Su nombre recuerda a su promotor, el
sacerdote libio y al parecer de origen judío, Arrio (256-336), dotado de una
gran elocuencia y erudición. Discípulo de Luciano de Antioquía (fundador de
una célebre escuela teológica), fue ordenado sacerdote ejerciendo su
ministerio en Baucalis, una de las nueve iglesias de Alejandría. No fue sino
hasta haber alcanzado la edad de 60 años (320) cuando comenzó a predicar sus
particulares doctrinas, caracterizadas por un descarnado realismo teológico
tendiente a eliminar el sentido del ‘misterio' que, para muchos, se debió a
una fuerte influencia de las escuelas filosóficas vigentes por entonces
(aristotelismo, platonismo, estoicismo y muy especialmente las enseñanzas del
judío alejandrino, Filón).
Tales influencias resultaron a la postre, la clave para
que sus ideas se impusieran rápidamente entre sus contemporáneos. Arrio enseñaba
que Dios era uno, trascendental al mundo, en el que no había más que un
principio, el Padre. Si bien no negó explícitamente la doctrina Trinitaria, la
comprensión que hacía de la misma lo alejó definitivamente de la ortodoxia.
Así, al identificar los términos engendrado y creado, creía que el Verbo no
podía ser equiparado a Dios-Padre puesto que Aquél era la primer creación de
Dios, superior a todas las demás, al que solía designar con los títulos de
Logos, Sophía y hasta Dios, pero aclarando que el Hijo no era igual ni
consubstancial al Padre, ya que, entre el Verbo y Dios existía una abismo de
diferencia.
Recurriendo a sus propias palabras, Arrio afirmaba "el Hijo no siempre ha existido (...), el mismo Logos de Dios ha sido
creado de la nada, y hubo un tiempo en que no existía; no existía antes de ser
hecho, y también El tuvo comienzo. El Logos no es verdadero Dios. Aunque sea
llamado Dios, no es verdaderamente tal". En consecuencia, para Arrio el
Hijo era una especie de Demiurgo, un
segundo Dios, en otras palabras, un intermediario entre Dios y las criaturas, no
engendrado sino creado, y que tuvo a su cargo la creación. Su enérgico rechazo
a la doctrina de la generación estuvo motivada en impedir, por considerarlo
inadmisible, una visión dualista del Dios uno y único. Tampoco llegó al
extremo de negar la Encarnación del Verbo, sin embargo creía que Cristo no era
una persona divina, ya que el Logos encarnado no era verdadero Dios. Por otra
parte, su interpretación lo llevó a considerar que el Verbo al encarnarse ocupó
el lugar del alma humana, por lo que Cristo carecía de ella. Sus doctrinas
relativas al Espíritu Santo siguieron la misma suerte que las del Verbo, esto
es, resaltó su condición de creatura, pero de un rango aún inferior a la de
Aquél.
La historia nos relata la rápida difusión que las
doctrinas arrianas tuvieron por el imperio romano, principalmente entre los
cuadros militares, los nobles y hasta el clero (sobre todo del norte de Africa y
Palestina), no así respecto del común del pueblo. Ante el imparable
proselitismo de los arrianos y advertido de sus nefastas doctrinas, el obispo de
Antioquía, Alejandro, actuó en consonancia, generándose una fuerte
controversia entre los dos partidos en pugna: el católico y el arriano. Ante
ese estado de cosas, el emperador Constantino I, el Grande (280-337) -quien en
un principio se mantuvo al margen- junto al papa san Silvestre I (313-335)
decidieron convocar a un concilio que zanjara el asunto. Previo a ello, en el año
324, y gracias a la prédica del obispo de Córdoba, Osio, se convocó a un sínodo
donde Arrio y sus doctrinas fueron condenadas. Así, un 30 de mayo del año 325,
en Nicea, se llevó a cabo el I Concilio Ecuménico, en el que participaron 318
padres conciliares entre los cuales se encontraban los legados del Papa y los
representantes del arrianismo. Estos últimos al negarse a firmar el célebre
‘Símbolo de Nicea' (que reafirmó el llamado ‘Símbolo de los Apóstoles'
y la Encarnación del Verbo) como la condena impuesta a las doctrinas de Arrio,
terminaron por retirarse del concilio.
El texto final del Símbolo dispuso:
"Creemos: en un solo Dios, Padre todopoderoso,
creador de lo visible e invisible, y en un solo Señor, Jesucristo, el Hijo de
Dios, engendrado unigénito del Padre, es decir, de la misma sustancia del
Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios Verdadero, engendrado,
no creado, consubstancial al Padre, por el cual todas las cosas fueron hechas,
las celestes y las terrestres, el cual por nosotros los hombres y por nuestra
salvación bajó y se hizo carne, se hizo hombre, padeció y resucitó al tercer
día, subió a los cielos, vendrá a juzgar a vivos y a muertos. Y en el Espíritu
Santo.
Más lo que afirman: Hubo un tiempo en que no fue y que
antes de ser engendrado no fue, y que fue hecho de la nada, o los que dicen que
es de otra hypóstasis o de otra sustancia o que el Hijo de Dios es cambiable o
mudable, los anatematiza la Iglesia Católica".
En
otra palabras, se reafirmó que Cristo no es un segundo Dios o un semi-Dios,
sino que es Dios como el Padre lo es, y sólo Dios es el único mediador a través
del Logos (o Verbo), el Hijo de Dios que es Dios, como el Padre es Dios. En
consecuencia, sólo Dios puede realizar la divinización a través de la
Encarnación y de la Redención.
A
pesar de la condena recibida, Arrio no se retractó siendo por ello desterrado.
Sin amilanarse, continuó difundiendo sus doctrinas heréticas hasta lograr el
favor y la protección de gran parte de la nobleza, del ejército y del clero.
Por su parte, el emperador Constantino había relajado en mucho sus medidas
contra los arrianos, lo que les permitió -intrigas mediante- acosar al obispo
Atanasio, logrando que sufriera su primer destierro en el año 335. Este gran
hombre sufrío durante su vida, cinco destierros ordenados por diversos
emperadores (Constancio, Juliano el apóstata y Valente) destierros que ocuparon
una buena parte de su vida.
Ello
no impidió que en el año 366 fuera rehabilitado en su sede episcopal por el
emperador Teodosio, el Grande, puesto que ocupó hasta su muerte en el año 373.
A pesar de los esfuerzos de los partidarios de Arrio para lograr su rehabilitación,
este antes murió en Bizancio (336), por lo que sus seguidores decidieron
continuar su labor, ganando para su causa inmensas regiones de Europa,
particularmente Alemania (con la conversión de los pueblos Visigodos) y España,
como así también regiones del norte de Africa. La llegada al trono imperial de
Constancio (350) implicó que el arrianismo se convirtiera en su religión
oficial.
Así,
los arrianos convocaron diversos sínodos y concilios, como los de Sirmio (351),
Tracia (359) y Constantinopla (360) en los que impusieron una fórmula de fe
arriana. Esta situación de incertidumbre de los defensores de la ortodoxia duró
hasta la llegada al trono de Teodosio, el Grande (379-395), quien convocó
-junto al papa san Dámaso I (366-384) a un nuevo concilio ecuménico, el I de
Constantinopla (381). Allí fue confirmado el ‘Simbolo de Nicea' y
nuevamente condenadas las doctrinas arrianas. Hombres de la talla de
san Atanasio, san Gregorio Magno y el obispo de Córdoba (España), Osio,
se constituyeron en su principales detractores.
Si bien el
arrianismo decayó definitivamente en el s. VII, no sin antes producir una
variante a la que se la llamó semi-arrianismo, muchas de sus teorías
-principalmente las cristológicas y trinitarias- renacieron con la Reforma
Protestante (s. XVI) bajo las ideas de Miguel Servet y por los antitrinitarios
liderados por Fauso Socino, entre otros. Contemporáneamente, fueron recogidas
por numerosas sectas como es caso de los tristemente célebres, Testigos de
Jehová.
Apolinarismo
-
conjunto
de doctrinas desarrolladas por el obispo sirio, Apolinario de Laodicea
(310-390). Formado en el seno de la escuela teológica de Antioquía, en un
principio y en el marco de las
controversias cristológicas, actuó como apologéta contra la herejía arriana,
que negaba la condición divina de Cristo. En su lucha, creyó encontrar la
solución profundizando el principio de la unidad del Logos encarnado, lo que le
llevó al error de negar la doble naturaleza (humana y divina) de Cristo. Así,
sostuvo que Cristo no podía ser un hombre pleno, completo, puesto que para
estar libre de todo pecado debía carecer necesariamente de un alma
racional.
Asimismo,
negó la plenitud de su divinidad, entendiendo que la co-existencia en El de dos
naturalezas, la divina y la humana, provocaría irremediablemente una
inconcebible dualidad que impediría considerarlo como una realidad única. Por
ello, dedujo que Cristo era un ser intermedio, derivado de la unión sustancial
entre Dios, el Hijo y un cuerpo inanimado. De allí que haya propuesto que Aquél
sólo tenía una sola naturaleza: la divina, que al encarnarse había tomado el
lugar del alma racional y por ende, no había asumido la condición humana en su
totalidad. Con ello creyó dejar a salvo la santidad del Verbo ante las insidias
del pecado, circunstancia propia de la condición del alma humana. En
consecuencia, Apolinar sostuvo que en Cristo, carente de un alma humana,
el elemento divino y humano se encontraban verdadera y sustancialmente
unidas, (dando preeminencia su divinidad en desmedro de su humanidad), siendo el
Logos quien da vida o informa al cuerpo humano. De allí que Apolinar soliera
manifestar que Cristo era un ‘hombre celeste'. Condenada por el papa San Dámaso
I en el año 377, y luego durante el primer Concilio ecuménico
de Constantinopla (381), el apolinarismo se extinguió poco tiempo después.
Circoncilianos - comunidad
surgida en el curso del s. IV, caracterizada por la interpretación literal de
las Sagradas Escrituras y la rudeza de su accionar. Con la convicción de
liberar al hombre del yugo de la esclavitud, vigente por entonces, predicaron un
igualitarismo radical. Para ello, promovieron entre sus adherentes, aún
mediante el uso de la violencia, lograr participar en la propiedad de los bienes
de sus amos y/o la absolución de sus deudas. Crónicas de la época nos relatan
que los circoncilianos solían utilizar en sus redadas, efectuadas al grito de
‘Gloria a Dios', de unos palos nudosos que denominaban ‘azotes de
Israel'. El suicidio fue visto como equivalente al martirio y promovido como
un medio eficaz para lograr la liberación de la opresión ejercida por las
autoridades. Ello motivó que el emperador Constantino, previa condena, ordenara
una dura represión en su contra, disponiendo -edicto mediante- la abolición
de la esclavitud respecto a los cristianos, beneficio que luego extendería a
todos los súbditos del imperio.
Euquitas - surgida
en Asia menor, esta herejía defendió la íntima unión (hipostática) entre
Dios y el hombre justo, unión que se reiteraba entre el demonio y el hombre
pecador. Fueron muy conocidos entre sus contemporáneos por sus excéntricos
ritos en los que generalmente efectuaban exorcismos. Condenada en Concilio Ecuménico
de Efeso (431) llevado a cabo durante el pontificado de San Celestino I
(422/432), la herejía Euquita se perdió a finales del s. V.
Donatismo - herejía
y cisma promovida por el obispo nor-africano, Donato. La herejía donatista tuvo
su origen en la reacción de algunos obispos pertenecientes a la Iglesia del
norte de Africa ante las persecuciones llevadas a cabo por las autoridades
imperiales a principios del s. IV (303-305). Durante la misma, los obispos se
vieron obligados a entregar todas las Sagradas Escrituras que tuvieren en su
poder, motivo por el cual Donato y sus seguidores les tildaron de
‘traidores'. Con la pretensión de reformar la Iglesia, y haciendo hincapié
en la necesidad de su pureza, fue que elaboró sus doctrina exponiéndolas sobre
base de dos principios: 1) la Iglesia es una sociedad de hombres perfectos, de
santos, y 2) los Sacramentos administrados por sacerdotes indignos eran
absolutamente inválidos. Fue la gran figura de San Agustín la que se alzó
contra la herejía donatista (también lo hizo Octavio de Milevi), refutando
aquellos principios con los siguientes fundamentos: 1) la Iglesia está
constituida por hombres buenos y malos, y, 2) los Sacramentos reciben su
eficacia de Cristo y no de quienes lo administran. En tal sentido, la historia
nos ha dejado la anécdota respecto a la expresión utilizada por san Agustín
durante el Concilio de Hipona (393): ‘¿Es
acaso Pedro el que bautiza? Es Cristo quien bautiza, ‘¿es acaso Judas quien
bautiza? Es Cristo quien bautiza'.....
El cisma fue
ocasionado, principalmente, por parte de las comunidades nor-africanas lideradas
por un grupo de obispos de Numidia, quienes se habían opuesto al nombramiento
de Ceciliano como obispo de Cartago, ya que la consagración había sido
efectuado por Felix de Aptonga, considerado por aquellos uno de los
‘traidores' por la actitud tomada durante las persecuciones. Depuesto
Ceciliano, nombraron al donatista Mayorino y a su muerte (315), consagraron en
la sede episcopal al mismísimo Donato. Acontecida su muerte en el año 355,
quedaron como líderes del donatismo, Parmiliano (o Parmeniano) y el obispo de
Cirta, Petiliano. Vigente durante los siglos IV y V, a pesar de la represión
ordenada por el emperador Honorio (393-423), la herejía donatista decayó, para
casi desaparecer en el s. VII con la llegada de los musulmanes, hecho que trajo
consecuencias aún mas graves para la Iglesia.
Mesalianos -
movimiento de tipo ascético que tuvo su
origen en el seno de la Iglesia siríaca y extendido luego por toda el Asia
menor. Sus seguidores creían que en el hombre, aún después de haber recibido
el bautismo y los demás sacramentos, se mantenía incólume el accionar del
demonio. En consecuencia, como remedio propusieron la renuncia de todos los
bienes mundanos, aún del matrimonio, exigiendo una vida rigurosamente mística
y casta. Comunes entre sus
seguidores fueron los matrimonios ‘espirituales' entre ascetas de ambos
sexos, práctica que con el correr del tiempo cayó en graves abusos. Una
postura marcadamente anti-jerárquica les llevó a desconocer el valor de toda
asamblea eclesiástica por lo que se negaron a participar en ellas. Sus
doctrinas fueron sucesivamente condenadas en los sínodos de Gangre (341), Side
(383 y 394), Antioquía (390) y finalmente en el Concilio Ecuménico de Efeso
(431). Cabe destacar que el ascetismo promovido por los mesalianos ejerció una
fuerte influencia en hombres de su época, destacándose entre ellos a Eusebio
de Sebaste (fundador del eutacianismo), movimiento que para muchos dio origen a
la vida monástica en medio oriente. También, el mesalianismo influenció a
importantes herejías posteriores, como es el caso de los albigenses o cátaros
(s. XII) y los bogomilos.
Nestorianismo
- se
conoce bajo este nombre a la herejía (y posterior cisma) promovida por el monje
del convento de Eugregias, y luego obispo de Constantinopla (428-431), Nestorio
(Germancia -hoy Maras-, Siria 381/ El Kharga, Egipto 451), de quien toma su
nombre. Al asumir la sede patriarcal, Nestorio, se encontró con dos frentes
problemáticos. Uno era la fuerte controversia teológica entre quienes
otorgaban a la Virgen María el título de ‘Madre de Dios' (tehotokos) y los que la designaban sólo como la ‘Madre del
Hombre' (anthropotokos). El otro
desafío lo constituía su afán de combatir las teorías apolinaristas y
arrianas.
Ante
tal situación, Nestorio, influido en gran medida, por las tesis de Teodoto de
Mopsuesta (de quien era discípulo en la escuela de Antioquía), propuso que
Cristo era ‘el nombre común de las dos
naturalezas', teniendo por éstas últimas al conjunto de propiedades
cualitativas, en detrimento del Logos a quien no consideraba sujeto y portador
de la divinidad y humanidad. Si bien Nestorio rechazaba toda posibilidad de fusión
de las dos naturalezas, propuso que ambas se encontraban juntas por ‘conjunción
en un prosopon' (o
experiencia externa no dividida). Así, creía en una unión admirable (admirabilis
unitas) entre la divinidad y la humanidad de Cristo, lo que lo llevó al
error de tener por sinónimos los términos de esencia y naturaleza. Por ende,
propuso que en Cristo existen dos naturalezas, como personas concretas, reales,
independientes (prosopon), cuya unión fue voluntaria, accidental o moral, lo
que lo llevó a negar su unión sustancial (o hipostática).
Al
fundamentar su rechazo de otorgar el título de ‘Madre de Dios' dado a la
Virgen María, propuso que:
1) el hijo de
la Virgen María no es el Hijo de Dios; 2) en Cristo existen dos naturalezas
como dos personas distintas; 3) entre las personas no existe una unión
sustancial (o hipostática) sino meramente accidental o moral; 4) el hombre que
hay en Cristo no es Dios, sino su portador; 5) la Virgen María sólo puede ser
designada como la ‘Madre de Cristo'
(Christotokos) y no bajo como lo enseñaba la Iglesia, esto es, la ‘Madre
de Dios' (o Theotokos), ya que la persona nacida de María no puede
identificarse con la persona del Verbo Encarnado por Dios Padre.
Advertido
san Cirilo, obispo de Alejandría y quizás su más importante opositor, de los
errores de la herejía nestoriana, decidió llevar la cuestión ante el pontífice
san Celestino I, quien además de rechazarlas, invitó a Nestorio a que abjurara
de las mismas. Este último no sólo se negó, sino que consiguió el apoyo del
obispo de Antioquía, Juan. A fin de resolver las divergencias, fue convocado el
Concilio Ecuménico de Efeso (431) por el papa
Celestino I y bajo el auspicio del emperador Teodosio II (401-450). Sus
sesiones dieron inicio un 22 de junio del año 431 con la presidencia del obispo
Cirilo y la participación de 153 obispos.
Las
definiciones promulgadas en el concilio se concentraron principalmente en las
doctrinas de la Encarnación, concluyendo:
"Pues
no decimos que la naturaleza del Logos, transformada, se hizo carne, ni que se
transmutó en hombre eterno, (formado) de cuerpo y alma, sino que el Logos,
habiendo unido a sí según la hypóstasis
carne animada de alma lógica, se hizo hombre de una manera inefable e
incomprensible, y fue llamado hijo de hombre, no según sola voluntad o
complacencia, pero tampoco como en asunción de un solo prosopon; y que
distintos (son) las naturalezas que se juntan en verdadera unidad; y de ambas,
(un) Cristo o Hijo; no como si la distinción de las naturalezas
se destruyera por la unión, sino que divinidad y humanidad constituyen
para nosotros el único Señor y Cristo e Hijo , por la concurrencia inefable y
misteriosa en unidad (....) Porque no nació primero un hombre vulgar a la santa
Virgen, y después de esto descendió sobre Él el Logos, sino que unido desde
el seno de ella, nacimiento de su propia carne (....) De este modo (los Santos
Padres) no dudaron en llamar Madre de Dios a la Santa Virgen el principio del
ser, sino que de ella fue hecho su santo cuerpo animado racionalmente, al cual
unidos según hypóstasis, el Logos se dice nació según la carne".
Es
decir, se definió dogmáticamente que en Jesucristo no hay más que una persona
(divina) y que María debe ser llamada ‘Madre de Dios', ya que dio al mundo
una naturaleza humana unida hipostáticamente
a la segunda persona de la Santísima Trinidad. Por tal motivo, los Padres
conciliares compusieron la famosa
oración: ‘Santa María, Madre de Dios,
ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte' .
Por
otro lado, allí no sólo se emitieron definiciones dogmáticas sino que también
se ordenó deponer a Nestorio de la silla episcopal que ocupaba y el obispo de
Antioquía, Juan fue excomulgado por haber convocado un sínodo paralelo en el
que se apoyaban las tesis nestorianas y se ordenaba la destitución de Cirilo.
En
el año 436, Teodosio II, ordenó el destierro de Nestorio a Petra (Arabia),
quien sin embargo, no cesó en difundir sus herejías sobre todo en la India,
China y Persia. A su muerte en Egipto (451), el metropolitano de Seleucia
Ctesfonte, Bársumas, luego de separarse del Patriarcado de Antioquía, decidió
la formación de la nestoriana Iglesia Nacional Persa, cuyos restos -luego de
que una parte de ella volviera a la comunión con Roma en el año 1551- aún
subsiste principalmente en Turquía, Siria, Irán e Iraq.
Macedonianismo
o
pneumatómacos (s. IV) - conjunto de
doctrinas heréticas promovidas por
el obispo de Constantinopla, Macedonio. Influenciado por las teorías
semi-arrianas, enseñó que el Espíritu Santo era una criatura espiritual
subordinada (como los ángeles), de naturaleza no divina ni consubstancial a
Dios Padre ni al Hijo. A pesar de ello, no todos los macedonios se pusieron de
acuerdo sobre la naturaleza del Espíritu Santo, considerándolo unos como la
divinidad del Padre y del Hijo, y otros, una mera virtud divina. Muchos
combatieron la herejía macedoniana destacándose San Atanasio, San Basilio, Dídimo
de Alejandría y San Gregorio Nacianceno. En el año 336, Macedonio, fue
destituido del cargo eclesiástico que poseía y sus doctrinas condenadas en el
primer Concilio Ecuménico de Constantinopla (381) llevado a cabo durante el
papado de San Dámaso I (366-384). Allí se reafirmó la doctrina de la
divinidad y consubstancialidad del Espíritu Santo, siguiendo la línea
establecida en el ‘Símbolo de Nicea', al que sólo se le agregó algunas
palabras esclarecedoras:
‘Creemos
(....) Y en el Espíritu Santo, Señor y vivificante, que procede del Padre y
del Hijo, que con el Padre y el Hijo a ha de ser adorado y glorificado, que habló
por los santos profetas....." (conforme versión de Dionisio el Exíguo)
Priscilianismo - se conoce bajo este nombre al conjunto de doctrinas
promovidas por el ibérico Prisciliano. En general sus doctrinas trinitarias se
alinearon a las teorías del sabelianismo y en materia cristológica al
apolinarismo. Desconoció como definitiva la revelación contenida en los libros
canónicos de las Sagradas Escrituras aceptando como tales a los llamados ‘apócrifos'.
Rechazó, por malvada, toda influencia del mundo material lo que llevó a
promover la abstención del matrimonio y en su caso, de la procreación. Propugnó
la idea de que en el clero debía regir la disciplina propia de la vida monástica,
por lo que fue acusado de maniqueísmo, logrando sin embargo el apoyo de varios
obispos quienes a su vez lo consagraron obispo de Avila. Si bien no puede
afirmarse que el priscilianismo tuvo una gran influencia en su época, ni que se
extendió de la manera que si lo hicieron otras herejías contemporáneas, si
fue lo suficientemente importante como para que sus doctrinas merecieran la
condena en el sínodo de Burdeos (384), convocado por el emperador Máximo,
siendo Prisciliano condenado a muerte.
Siglo V-VII
Monofisísmo
o
eutiquianismo (s. V) - herejía
y cisma promovido por el archimandrita de los monjes cirilianos de
Constantinopla, Eutiques (+ 454), cuyo origen se remonta a su rechazo a la
confesión cristológica conocida con el nombre de ‘Símbolo de la Unión' (433). Luego del Concilio Ecuménico de
Nicea (431) se produjo una crisis
entre los seguidores de las dos mas importantes escuelas teológicas dominantes
en el Imperio, como lo eran la de Alejandría y la de Antioquía. Esta situación
provocó que el Patriarca de Antioquía, Juan, formulara el citado ‘Símbolo
de la Unión' a fin de zanjar las diferencias existentes. En el citado símbolo
se afirmo que:
"Confesamos a nuestro Señor Jesucristo,
unigénito de Dios, perfecto en cuanto Dios y perfecto en cuanto Hombre, con
verdadera alma y verdadero cuerpo, que según la divinidad nación del Padre
antes de todos los tiempos y según la humanidad; pues hubo una unión de dos
naturalezas, y por eso confesamos un solo Cristo, un solo Hijo, un solo Señor,
considerando esta unión sin mezcla, confesamos a la Santa Virgen, como madre de
Dios, pues de Dios-Logos se hizo carne y hombre, y en la Encarnación se unió
al Templo asumido de Ella"
A pesar de
los acuerdos obtenidos entres las dos escuelas, Eutiques no lo aceptó. Sus
doctrinas tuvieron por origen la lucha que entabló contra la herejía
nestoriana, sin advertir que, en su anhelo, caía en el error opuesto, ya que al
cuestionar la naturaleza y la persona de Cristo, terminaba por negar lo que
quiso defender. En síntesis, Eutiques sostenía que la naturaleza humana de
Cristo había sido absorbida por la divina, produciéndose la unión física de
lo humano y divino en una sola naturaleza (fisis),
o sea la divina. Así, se negaba la realidad de la naturaleza humana de Cristo
que, al ser absorbida por la divina, la carne no sería sino mera
apariencia.
Ante la
difusión y aceptación de tales doctrinas, Flaviano (Patriarca de
Constantinopla) decidió excomulgar a Eutiques (448). Advertido de la situación
el papa san León I, el Magno (440-461), un 13/8/449, envió a Flaviano una
carta conocida como ‘Tomo a Flaviano'
(Tomus ad Favianum), a través de la cual se condenaban las enseñanzas de
Eutiques y se confirmaba la verdadera doctrina de la Iglesia.
En ese estado
de cosas, Eutiques buscó amparo dentro de la corte imperial como del entonces
Patriarca de Alejandría, Dióscoro. Convencido este último, intercedió a
favor de aquél ante el emperador Teodosio II (401-430), promoviendo la
necesidad de convocar un nuevo concilio que resolviera la cuestión suscitada
por los monofisistas.
En el año
449, fue convocado un nuevo concilio en Efeso, siendo presidida por el Patriarca
Dióscoro. Éste impidió la participación de los legados papales, logrando
retener para sí la dirección del concilio. Acalladas las voces opositoras (y
defensoras de la sana doctrina) y habiendo captado el apoyo imperial, el
concilio concluyó con la rehabilitación de Eutiques y sus doctrinas. En la
historia de los concilios, éste es conocido como el ‘Latrocinio
de Éfeso', el que fue severamente condenado por el papa León I. A la
muerte del emperador Teodosio II (+ 430) y la llegada al trono de su hermana,
Pulqueria (quien luego se desposaría con el senador Marciano), la suerte de
Eutiques y sus seguidores habría de cambiar radicalmente. En el año 451 se
convocó a un nuevo Concilio ecuménico el que se llevaría a cabo en
Calcedonia. En el mismo participaron 630 padres conciliares, siendo presidido
por los legados papales. En su 5°
sesión, además de condenarse las doctrinas de Eutiques como las de Nestorio,
depuso a Dióscoro de la titularidad de la silla patriarcal que ostentaba. No
obstante, lo más trascendente fue la proclamación solemne de la doctrina según
la cual, Cristo, persona divina, tiene dos naturalezas (humana y divina),
distintas y no divididas, unidas y no confusas, quedando el dogma definido en
los siguientes términos:
"Siguiendo,
pues, a los Santos Padres, todos a una voz enseñamos que ha de confesarse a uno
y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, el mismo perfecto en la divinidad y
el mismo perfecto en la humanidad,
Dios verdaderamente hombre de alma racional y de cuerpo, consustancial con el
Padre en cuanto a la divinidad, y el mismo consustancial con nosotros en cuanto
a la humanidad, semejante en todo a nosotros, menos en el pecado (Heb. 4,15);
engendrado del Padre antes de los siglos, y el mismo, en los últimos días, por
nosotros y por nuestra salvación, engendrado de María Virgen, la madre de
Dios, según la humanidad; que se ha de reconocer a uno y el mismo Cristo Hijo
Señor unigénito, en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división,
sin separación, en modo alguno borrada la diferencia de naturalezas por causa
de la unión, sino considerada la propiedad de cada naturaleza, y concurrente en
una persona y una hipóstasis, sino y el mismo Hijo unigénito Dios Logos, Señor
Jesús Cristo, como de antiguo acerca de él no enseñaron los profetas y el
mismo Jesús Cristo, y nos lo ha transmitido el símbolo de los padres"
Aquellos
monofisistas que se negaron a suscribir las definiciones conciliares de
Calcedonia decidieron provocar un cisma, dividiéndose entre sí en diversas
corrientes. Así tenemos los liderados por Jacobo Bardai Sanzoli, obispo de
Edessa (541) cuyos seguidores se autodenominaron ‘jacobitas'
instalando sus principales enclaves en Siria y Armenia. En 1646, un
importante grupo de ‘jacobitas' regresaron a la comunión con Roma, creá |